martes, 19 de octubre de 2010

CUMPLIMIENTO DE LA LEY: LAPIDACIONES AQUÍ, ALLÁ Y ACULLÁ.

En su obligada convalecencia, se ha encontrado el viejo Dacio Gil con otra situación (esta vez cinematográfica) de violencia institucional e injusticia institucionalizada. Verdaderamente le persigue esta manifestación de la violencia que no distingue culturas, países y civilizaciones. Se trata de una violencia que cambia de ropajes pero es el mismo mecanismo de agresión. Acaso se hace más sofisticada en los países y civilizaciones que se intitulan más desarrollados y garantistas, que al no contemplar, ni por asomo, la posibilidad genérica de errores judiciales en cadena consagran la más impune violencia. Parecería como si el intento de distinguir la violencia institucional y la subsiguiente injusticia institucionalizada en medios civilizatorios aparentemente tan dispares cono España o Guatemala, Estados Unidos o Irán fuese tarea de eruditos académicos alejados de la cruda realidad.

Los juristas de todo lugar se empeñan en destacar las peculiaridades de su sistema cultural de garantías procesales. Hace ya algunos años el agudo jurista Mario Losano, antes de dedicarse a la informática jurídica que viene a ser un compendio de todos los sistemas jurídicos devenidos en nada, vino a destacar las pocas diferencias existentes entre el Common Law, el orden jurídico romano-germánico, el derecho de raíz napoleónica o la justicia del Cadí dentro del derecho islámico. Otro insigne jurista como Francesco Galgano vino a corroborarlo con su “Atlas” que marcaba algunas diferencias culturales dentro de un tronco evidentemente común. Hoy en el contexto globalizado imperante, sólo los ingenuos, los desinformados o los anacrónicos pueden mantener la existencia de diferencias esenciales entre los sistemas jurídicos estrictamente instrumentales: existen sólo diferencias de matíz en el ejercicio del poder, que ha quedado reducido hoy a la desnuda modulación de la angustia (Z. Bauman) o la aplicación selectivamente arbitraria de la vigilancia y los castigos (M. Foucault, A. Mattelart).

Viene todo lo anterior a cuento porque la amorosa cuidadora del viejo Dacio Gil ha intentado distraer su convalecencia trasladándole a visionar varios estrenos cinematográficos: Lope; Amador y la verdad de Soraya M. Ambos tres filmes contienen algún grado de violencia institucional o extorsión social aceptadas y asumidas grupalmente. O, al menos, esa ha sido la impresión sacada por este improvisado y diletante crítico cinematográfico.

Lope es una coproducción predominantemente hispana cuya nota principal podría ser el enredo o el embrollo. Intenta comprimir la vida del “Fénix de los Ingenios” en unos cuantos lances amorosos y profesionales. Se tiene la impresión de estar ante un apresurado producto de campaña de merchandising (resulta inaudita la comercialización de un libro sobre la película y no del libro en el que se basaría el guión de la película) en el que sobresalen algunos actores (especialmente Juan Diego en el papel de Jerónimo Velazquez) y algunos escenarios naturales. El viejo Dacio Gil salió de la sala realmente insatisfecho con esta película.

Acudió a ver Amador atraído por el impacto del director de Los lunes al sol y lo rabiosamente actual del tema elegido, con todos los componentes para ser un peliculón: atractivo indígena de la protagonista Magaly Solier tras su innegable brillo en la teta asustada, deshumanización social, peculiaridades del sector económico informal, estructura social de la población inmigrante, dramática cesura de la dependencia en un mundo escindido, afrontamiento cultural de la vida y la muerte etc., etc., etc. Sin embargo, por razones inexplicables dados sus ingredientes, la película se malogra en un muy amplio vacío intermedio muy poco verosímil en sus pinceladas de comicidad forzada. El viejo Dacio Gil entiende que habiendo podido ser la gran película española del año por los elementos elegidos, se pierde en el engarce de sus piezas y sus tempos. Precisamente en el engarce, que es una de las líneas maestras del film. Perfectamente ideada, se pierde en su puesta en escena con un vacío intermedio muy difícil de justificar. Globalmente considerada, la película resulta notable pero el largo paréntesis en que la tensión decae parece frustrar una mejor valoración de una obra que reunía todos los elementos para haber podido impresionar con facilidad. Posiblemente porque después de Los lunes al sol, Fernando León de Aranoa sea para sí mismo un malogrado en el sentido dado por Thomas Bernhard en la novela corta del mismo nombre. León de Aranoa en la dirección y la propia sociedad española cabalmente radiografiada resultan malogrados como consecuencia de la existencia de un vano de tensión.

Y en el contexto imperante de corredores de la muerte; ejecuciones en el Estado de Utah; ingentes errores y negligencias judiciales en todo el mundo; cosificaciones y vidas desperdiciadas por el imparable delirio económico que nos domina; fortunas secretas millonarias en el exterior de dirigentes políticos y religiosos (en Irán y en otras latitudes), y las lapidaciones reales o metafóricas diseminadas por todo el universo, la película La verdad de Soraya M. (basada en el libro de Freidoune Sahebjam) del director norteamericano Cyrus Nowrastheh, que llega a España con dos años de retraso, es todo un acontecimiento.

En trazos muy generales La verdad de Soraya M. es, por supuesto, una denuncia de un sistema cultural incomprensible en el que la mujer es bochornosamente considerada sólo un poco por encima de un semoviente. Es además el reflejo de una conspiración institucional contra una víctima inocente bajo el paraguas de un sedicente sistema jurídico esencialmente corrupto y legalmente injusto en su propia esencia. Como se trata de unos hechos reales, la película sobrecoge en su temática e impacta por el altísimo nivel de todos sus componentes: temática, fotografía, actores, música, tensión del relato, mantenimiento de la atención del espectador. Todo en la película es importante y no desentona detalle alguno. Shohren Aghdashloo (Zahra) literalmente se sale de la pantalla, así como Mozhan Marnò en el papel de Soraya, y en absoluto desentonan los actores que representan al marido corrupto, venal y mujeriego, al Ulema, al Caid o al pobre viudo padre de un hijo deficiente que resulta esencial como testigo de cargo. Todos brillan, como brillan los niños y demás personajes secundarios, incluido quien hace el papel del periodista Freidoune Sahebjam.
Ni siquiera la dureza explícita de la lapidación desentona: resulta necesaria como también lo es la irrupción de la troupe de cómicos en la fiesta subsiguiente.

El viejo Dacio Gil verdaderamente se estremeció con esta película. Si no fuera plasmación fidedigna de lo historicamente acontecido se podría decir que es una metáfora general de la violencia institucional teñida de corrupción bajo una simple apariencia de sistema de garantías. Toca Irán porque fue allí donde acontecieron los hechos, pero mutatis mutandis sería aplicable a cualquier país o “civilización” pretendidamente desarrollada. Inevitablemente está presente el caso de Sakineh Mohamadi Ashtiani y la terminación de los amores irregulares a pedradas, pero las reflexiones que la película suscita no concluyen ahí.
El tema del adulterio en el Islam y más en concreto en Irán –pero no sólo en el Islam; y no sólo el adulterio- y los simulacros en los que se ve involucrado todo un pueblo recuerdan los juicios-espectáculo de los totalitarismos pasados, presentes y rabiosamente actuales. Uno sale conmocionado de la sala de proyección pero con sus convicciones mucho más arraigadas que antes. Parece impensable e inverosímil que un padre y unos hijos arrastrados por todo un sistema social puedan inferir un daño tan cruel y gratuito a su propia hija y madre, por ende absolutamente inocente. El Poder y el dinero desgraciadamente lo pueden todo y cada vez con más frecuencia: una corrupción también explícita en esta magnífica película.

La cartelera no presenta muchas posibilidades para reflexionar y para poder sacudir nuestra acomodada conciencia. La verdad de Soraya M. es una magnífica ocasión que no debería desaprovecharse. Incluso la idea de los pretendidos choque o alianza de civilizaciones saltará por los aires de la conciencia del espectador. Sin demora ya, deberíamos alejarnos de esas alimañas con rostro humano en los que nos estamos convirtiendo bien por acción, bien por omisión. O acaso que nunca hemos dejado de ser. Para descrédito del llamado proceso civilizatorio y sus sedicentes sistemas de garantías jurídicas, mera liturgia cada vez más hueca.

No hay comentarios:

Publicar un comentario