martes, 17 de julio de 2012

MORALIDAD Y EJEMPLARIDAD PÚBLICAS.

Va ya camino de los 20 años que las modas que dirigen el actuar público  obligaron a todos los que aspiraban a servir a la colectividad a empaparse del famoso Informe Nolan. Dicho informe era una enumeración de reglas sobre cómo debería ser el comportamiento público hechas por un Comité británico presidido por un juez. En España fue el catecismo para quienes se apuntaron a la concepción de las Políticas Públicas de tinte economicista que partían de un recelo de la pétrea escasa eficacia del normativismo jurídico. No por casualidad ese auge de la propagación de la ética pública vino a coincidir con la época de los pelotazos varios y de la fiebre incrementalista del gasto en los ámbitos públicos. Con visión retrospectiva podría decirse hoy que el catecismo Nolan y sus innumerables versiones vulgatas nacionales vinieron a operar como caballo de Troya del control previo y posterior en el terreno público: en aras a una ética sublime se flexibilizó la gestión. Todo se redujo a un angelical comportamiento ético, por lo que los controles ex ante y ex post devinieron prácticamente inexistentes por innecesarios. Poca cabida para Satanás  en un guateque de ángeles. El eventual lector –en la dudosa hipótesis de que hubiere siquiera uno- puede recurrir a las hemerotecas o las publicaciones del INAP y las demás escuelas similares autonómicas y locales para comprobar la impronta de la moda de la ética en el ámbito público. Apreciará que se elevaban a la categoría de dogmas el interés público, la integridad, la objetividad, la responsabilidad, la transparencia, la honestidad y el liderazgo. El juicioso juez británico y sus compañeros de comisión fueron desgranando uno tras otro hasta 38 razonables aspectos de la ética pública. Tan noble texto vino a constituirse en catecismo Ripalda del actuar administrativo de la misma forma que los códigos éticos se habían implantado antes en la corporaciones mercantiles para tener menos controles. Como todo código ético que se precie, tanto el Informe Nolan como sus hijastros estatales, autonómicos y locales confiaban sobremanera en la bondad del ser humano, despreciando aquella reserva que mantuvieron los pitagóricos –y que Montaigne dejó plasmada en el capítulo IX de sus Ensayos-, que afirma que el bien es cierto y limitado, el mal infinito e incierto.
Simplemente con evaluar a fecha de hoy cómo han ido desenvolviéndose las cosas en el ámbito público  en Europa –y no digamos en España- se obtendrá una conclusión neta, objetiva y contundente. Conclusión que discurrirá paralela al desplome del derecho administrativo “continental”, del orden jurídico en general y los sistemas de control interno en particular.

Escasa vinculación han tenido siempre lo político y lo moral. Al menos en el plano argumentativo. Cuando se quiere desacreditar en un debate político cualquier argumentación se acude a la moral para socavar la legitimidad del oponente mediante “esos son argumentos morales, esto es una discusión política”. Y algo parecido ha venido ocurriendo entre ética y moral. Dos idénticos significados separados por la linde difusa entre pensamiento y acción. Algo así como la diferencia entre ser persona de gabinete y serlo de gestión. Mundos separados cuando no antagónicos.

Es un hecho incontestable que la sedicente izquierda en Europa se encuentra en un desierto sin cantimplora y sin oasis ni siquiera en espejismo; no sabe bien por dónde sopla el viento económico y carece de alternativas al liberalismo. Se limita a camuflar su incompetencia. Pero lo más grave es que los demás, ni siquiera los liberales puros europeos, tampoco saben lo que quieren y hacia dónde dirigir sus medidas políticas, una vez desamortizado hasta el más pequeño espacio público y desmantelado todo el entramado institucional estatal en beneficio de una pujante –y segmentada- burocracia supranacional presa de los Lobbies.

El adalid de la esperanza de izquierda europea, François Hollande, anda dándole vueltas al magín para ofrecer algo, si no tangible, sí al menos con tintes esperanzadores. Reducido es su campo de maniobras en un país que esconde bajo la alfombra enormes casos de impunidad y de corrupción, dado que sólo en lo adjetivo se diferencian los grandes países europeos de Irlanda, Grecia, España, Chipre, Italia, Portugal y demás. La descolorida izquierda es tendente a crear “grupos de reflexión” en torno a las situaciones sin salida. El día de la fiesta nacional francesa se ha sacado de la manga su recien elegido Presidente una Comisión, que se ha dado en llamar Comité para separarse del precedente de aquella frase de Napoleón en las inmediaciones de Santa Elena ("Si quieres que se resuelva un problema, nombra un responsable, pero si quieres que se aplace eternamente, nombra una comisión"). Un Comité de sabios ni más ni menos. Ha puesto a su cabeza a Lionel Jospin (el Almunia francés). Son 14 sabios (7 hombres y 7 mujeres) que debatirán sobre la ejemplaridad de la República:

1. Reglas de deontología para los cargos públicos.
2. Mejora del sistema de elección presidencial.
3. Imputabilidad jurisdiccional del Presidente.
4. Reformas en el sistema electoral.
5. Propuestas para que altos cargos y parlamentarios puedan compatibilizar responsabilidades ejecutivas locales sin incurrir en ilegalidad.

Allá por  finales de noviembre,en escasos 4 meses, deberán haber presentado su Informe al Presidente en orden a moralizar la vida pública.

El viejo Dacio Gil recuerda al hilo de la moralización que pretende Hollande las expectativas que  se fletaron en España para los expertos administrativistas con la Comisión García de Enterría, que pretendía una racionalización del hecho autonómico que empezaba a desbocarse por tanto mimetismo. Hoy, con la debida perspectiva, que podemos ver hoy en la lontananza del fiasco autonómico de la LOAPA convertida en LEPRA tras la maniobra del café para todos y el dictamen “interpretativo” del Tribunal Constitucional, podemos calibrar sus efectivos resultados. También puede contemplarse aquella Comisión desde el Panteón de Disciplinas Ilustres en el que descansan los restos del derecho administrativo de organización.

De seguro el ejemplo francés se extenderá con rapidez por todos lados  y veremos en breve todo tipo de órganos sinodiales en cada orden territorial. El debate está servido. El Colegio de Políticas se aprestará raudo a sugerir la inclusión de sus miembros en todas y cada una de las comisiones, al modo que lo hace la Fundación Nacional de Ciencias Políticas en la de Jospin. Y aunque lo suyo sería que al menos la Comisión estatal la presidiese Javier Gomá Luzón, lo mismo ponen a presidirla a Martín Villa, Álvarez de Miranda o a Manuel Marín o a Rubio Llorente. Eso en el mejor de los casos, que siempre pueden intentar poner a un descolocado en las negociaciones para cubrir vacantes institucionales, del tipo González Pons, Álvarez del Manzano o Arenas. Ese es el juego: que los muchos ladren mientras los pocos siguen cabalgando

Bienvenido sea, pues, el debate de ideas, bienvenido el remedo de aquel añejo debate Common Law vs derecho continental (trocado ahora en ética anglosajona frente a moralidad francesa) para que los profesores se lancen a escribir sobre moralidad y ejemplaridad públicas. Tomarán como referente al brillante Gomá (el sábado 14, conocida la intención moralizadora institucional de Hollande en Francia, fue llamado a  comparecer casi a la misma hora en radio Nacional y en la cadena SER), pero éste ya ha dejado plasmado, entre bromas y veras en su libro recopilatorio Todo a mil (Capítulo 31, Desmiento los rumores)  que no ambiciona por ahora ni puestos de relumbrón ni mayores responsabilidades institucionales, que se encuentra como pez en el agua escribiendo y observando  en su atalaya de la Fundación Juan March desde la que contempla el desenvolvimiento de la faramalla nacional y europea.

Desde esta Tribuna Alta Preferencia (la particular –y modestísima en recursos- Fundación Juan March del viejo Dacio Gil) se contempla a Europa paralizada por sus propias contradicciones institucionales, en la que empiezan a proliferar los arbitristas y los regeneracionistas. Demasiados informes y Memoranda. Demasiados opinantes. Hartan ya los optimistas de ocasión y hasta los pesimistas estéticos, por más que sea preferible un optimista bien informado a un positivista fundamentalista. Han salido a la luz demasiadas felonías y abundantes medidas arbitrarias adoptadas sin sentido, razón ni deliberación y obviando sus consecuencias victimizatorias. Acaso sea más necesario que nunca un Ortega que quiera ocupar el punto medio en este griterío bullanguero. Javier Gomá Luzón podría ocupar perfectamente el papel de Ortega. Lo único malo es que Ortega intentó con sus intervenciones poner cierta razón y orden en un momento de profunda desolación moral de los españoles ante el desconcierto de una élite gobernante paralizada y sin recursos. No cabe olvidar que Ortega expuso su brillante criterio justo antes de una absurda y cruenta guerra civil entre los españoles con los dirigentes y mercaderes europeos bien dispuestos en su tribuna observando la lucha fratricida entre españoles.
Absortos en la representación ajena de la muerte y del ajusticiamiento sin sentido, parece que no apreciaban el fuerte olor a fuego que se avecinaba con la II Guerra Mundial en su propio territerio.
 Arbitristas y regeneracionistas a la moralidad y la ejemplaridad públicas.

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