martes, 23 de abril de 2013

APOSTASÍA JURÍDICA.


No cabe el menor resquicio para la duda: España es el paraíso de los policías y los espías. Junto a los trincones institucionales y la aristocracia política ocupan un lugar de privilegio en la piel de toro y sus islas de soberanía. Al que se mueve le mandan al madero; así entienden la técnica dialógica la señora Cifuentes y su cohorte de policías elevados a los niveles 30, 29 y 28 funcionariales sin mecanismos objetivos de promoción y selección. Puro músculo social.  A este paso España terminará siendo una monumental Comisión Estatal contra la Violencia, el Racismo, la Xenofobia y la Intolerancia, dietas incluidas. Comisión Antiviolencia en todo, hasta lo más pacífico, festivo, tierno y amigable. Así en 1984 y así también en 2013.  Incrementalmente terminaremos teniendo un policía en la sopa y otro en el cuarto de baño, además de los que sobrevuelan por el disco duro del ordenador y la video vigilancia. De seguir esta tendencia, depender del CNI será como antaño encuadrarse en los sindicatos verticales. Habrá un inmenso ejército que seguirá vigilando la vida de nosotros.  
 El viejo Dacio Gil se viene maliciando que los ciberagentes policiales hispanos  ya habrán elaborado un informe a sus superiores sobre las potencialidades terroristas del usufructuario de esta Tribuna Alta Preferencia y sus colegas de la ATP. Seguro que en los próximos maratones y derbies futboleros circularán dosieres sobre la filiación con Al Qaeda de los truncos prejubilados. Habrá que rezar para que no nos acribillen a balazos en juicio extremadamente sumarísimo o que no nos veamos obligados a declarar por escrito por habernos traspasado la garganta  mil y un proyectiles desviados. 

La sociedad securitaria eficiencialista  necesita ofrecer resultados inmediatos para que no cunda el pánico aún más. Sin juicio ni derecho que valga  se buscan inmigrantes para endilgarles la paternidad del acto terrorista. Con posterioridad se nos inunda  con pretendida cientificidad policial: que si los archivos del FBI, que si las cámaras de vigilancia, que si mochileros, que si lobos solitarios, que si resentimiento por deficiente integración, que si… La realidad supera siempre la ficción en un mundo en el que el músculo suele taponar la inteligencia. Los miembros de la ATP (asociación de prejubilados truncos) ya hemos elegido un jesuita popular para presentarnos debidamente confesados por lo que pueda pasarnos en lo sucesivo. En materia policial (como en otras múltiples materias, seamos honestos) no cabe cifrar muchas expectativas en una Ley de Transparencia al modo de Constitución salvífica. Es como el establecido derecho a la vivienda  en la Constitución de 1978 o la persecución judicial  de los desmanes de la administración del Estado en la ley de la jurisdicción contencioso administrativa. Pías intenciones.     

Transparente sociedad securitaria  terminarán llamando a este tinglado, pues el lenguaje se presta a velar cualquier impudicia (y también inmundicia) instrumental de las instituciones como si se tratase de un traje (institucional) de caucho. Se olvidarán de los escraches pero utilizarán cualquier otra palabreja. Pretendidos especialistas o ilustres académicos de la RAEL se prestarán a la búsqueda. El caso será seguir legitimando a través del miedo la compulsión directa o sofisticadamente indirecta. Siempre podrá recurrirse  al eterno aspirante al sillón presidido por una letra del abecedario. Verbigracia: ¿Tendrá que esperar el burgalés Alejandro Grijelmo a que fallezca Cebrián para ocupar su sillón o su valedor hará lo mismo que ha hecho García de Enterría con Muñoz Machado? Como solía recordar con suma gracia el niño republicano, cuando fallan otros potenciales atributos siempre quedan la lengua y los deditos: la arenga legitimista y el piropo, por un lado y el tableteo sobre el teclado y la caricia por el otro.

Tiempo tal vez para lingüistas pero no para juristas. Un viejo y (bien) vivido jurista granadino que ha escalado casi todo el gradiente institucional socio-jurídico  caía el pasado 20 de abril del guindo denunciando en su Brevete lo que viene pasando -y que acaso ha venido pasando siempre- con el llamado “lenguaje del poder” como se conoce al derecho en el argot marxista. El viejo Dacio Gil tiene debilidad por los viejos juristas descreídos por eso se lamenta que Stefano Rodotá, el presidenciable propuesto por Beppe Grillo y el M5 estrellas no haya salido elegido Presidente de la República de Italia optándose por la gerontocracia partisana de Giorgio Napolitano para dotar de credibilidad continuista el devenir vacilante de sus instituciones.

Nuestro jurista viene a dudar sobre la fe colectiva en el derecho, parece haberle abandonado la fortaleza de ánimo  que demostró Piero Calamandrei cuando defendía la vía jurídica como arma de progreso. Su Brevete lleva por título Humillación del Derecho:

A diario se nos informa de que, tanto en España como en otras naciones, las normas jurídicas se interpretan para agradar a quienes políticamente mandan. Hay casos escandalosos  de versiones parciales, interesadas, negando lo que resulta claro para cualquier ciudadano: O sea, que el estudio del derecho en la Universidad está resultando un fracaso, pues cuando debe aplicarse a casos  de especial importancia y resonancia social, el llamado “jurista”, bien con un cargo en la Administración de Justicia (¡incluso en los más altos!), bien sea un letrado defensor o acusador, no quiere ver en las reglas lo que perciben todos, incluso los faltos de instrucción en la materia. La doctrina jurídica se ha convertido en un instrumento al servicio de los poderosos. Acaso sería conveniente (y menos humillante) suprimir la Facultad de Derecho en las universidades y que todos fuéramos legos en la materia.

Sobrecoge (¡y clarifica!) que llegue a esa desconsolada conclusión un expresidente del Tribunal Constitucional.

Así está el patio. Sobra propalar mediocres chismes de vecindario o desvelar egregias intrigas palaciegas















martes, 26 de marzo de 2013

LOS ACOSADORES INSTITUCIONALES NO SE SUICIDAN.



Puede afirmarse que los españoles, como sociedad, hemos terminado por perder el norte con tanto sermón sobre la crisis y los esfuerzos colectivos. O tal vez es que sólo nos acordamos de la Virgen cuando truena. Tal como discurren los acontecimientos, habrá que terminar haciendo una historia general del suicidio que arroje luz sobre  todos los acosos  modales que han tenido como resultado la muerte.

Alejandro Nieto, parafraseando al famoso al Juez Holmes, siempre ha mantenido entre bromas y veras –más veras que bromas- que en España había un desmesurado exceso de investigación  sobre el ácido cínico, que en torno a esta sustancia corrosiva giraba la mayoría de la excelencia hispana en materia universitaria e institucional. Como siempre hasta ahora, el transcurso del tiempo y el devenir de los acontecimientos han vuelto a demostrar que en esta conjetura formulada en público también estaba cargado de razón el investigador de las burocracias.

Con enorme cinismo ha sobrellevado la sociedad española en las recientes  épocas del becerro de oro así como en las anteriores la existencia de gran número de víctimas del acoso moral o Mobbing. Con una falta proverbial de escrúpulos se ha ido encubriendo y protegiendo a los maltratadores, incluso desde las instancias presumiblemente garantizadoras. Buen número de acosos de esa naturaleza han terminado en fatal accidente de tráfico o suspensión de la vida por propia mano. Salvo las víctimas, sus familiares, allegados y determinados expertos (que también habían sufrido esta lacra en primera persona, como el doctor González de Rivera, por eso es capaz  describir los efectos de la perversión con tanta claridad y precisión) el resto miraba para otro lado o armaba las más peregrinas coartadas o pseudojustificaciones. De los jueces mejor no hablar: descenderíamos a lo más negro de la condición humana, pues, habiendo llegado a conocer las persecuciones e ilegalidades, se han dedicado a vestir el mono de la desvergüenza con apariencia de leguleyismo (ilustres magistrados como Teresa Delgado Velasco, Berta Santillán Pedrosa, Inés Huerta Garicano, Francisco de la Peña Elías y otros tantos más optaron por esa cómoda vía que ofrece el poder). Cuando el acoso era institucional, las altas instituciones concernidas tiraban del abstruso lenguaje burocrático para despejar la pelota hacia el tejado… en espera del suicidio del afectado. Asimismo, de los órganos superiores del CSIC mejor será guardar un  piadoso silencio para otorgar profiláctica distancia a su proverbial inhumanidad en ocultar la verdad de lo acontecido. Así se viene escribiendo la historia de la pomposa transición y de la democracia constitucional española: con garabatos torcidos sobre grasiento y cochambroso papel  de estraza.

Han tenido que llegar las nuevas modalidades de acoso institucional y bancario generadores de la desesperación que provoca los nuevos suicidios para que la prensa se hiciera eco de que hay mucho Adolf Eichmann a su alrededor. De nada sirvieron los abrumadores  antecedentes de France Telécom ni las llamadas de atención de víctimas y expertos. El reconocimiento del acoso quedó reducido a algunos casos –ni mucho menos todos- de violencia de género porque así se consideró para contentar a determinados agentes y actores políticos y sociales. Cuando el viejo Dacio Gil obtuvo por fin la primera sentencia favorable pero inaplicable en los propios términos de su insidiosa redacción y sus torcidas intenciones procesales, un eminente abogado especialista trató de consolarlo con el argumento de que se diera por satisfecho con que la magistrada (Teresa Delgado Velasco) se hubiera tomado la “molestia” de redactar una sentencia de 25 folios mientras a él solía despacharlo con un solo folio copiado de otra sentencia anterior. Ese eminente letrado siempre mantuvo que el Mobbing en la administración sólo se alcanzaría a contemplar cuando los jueces recibiesen instrucciones superiores al respecto o sintiesen en el cogote el aliento de la prensa  o representase beneficios para  políticos o sindicatos. Recomendaba que el viejo Dacio Gil no cifrase expectativa alguna en la resolución de los jueces por muy cargado de pruebas y razones que estuviera. Ese consejo lo daría también ahora el usufructuario de esta Tribuna Alta Preferencia  a cualquier acosado de los múltiples que hay: en un proceso se enmaraña tanto la verdad (flagrantes mentiras institucionales incluidas) que terminan aplicándose, tal que la voz de su amo, una retahíla de huecos formalismos intentados argumentar sin ninguna ilación ni mínimo respeto ni interés, pues a la empatía humana ni se la espera en los estrados. A Nadie nunca –y siempre resultan ser  muchos los concernidos- se le ocurre articular una simple petición de perdón. Antes al contrario: abundan, acaso más sutilmente todavía, en el acoso. La pura experiencia y razón anamnética lo evidencian.

Han tenido que concatenarse uno tras otro bastantes suicidios desesperados para que se haya instrumentado una tímida respuesta institucional. Determinados agentes y actores sociales han decidido que era el momento de instrumentalizar la vergüenza y la humillación de las víctimas. Elevarse sobre la desesperación ajena para intentar chupar cámara.

Lo cierto es que como han destacado Tzvetan Todorov (los enemigos íntimos de la democracia)  y Richard Sennett (Juntos) la ola de suicidios es también connatural al capitalismo y se encuentra ínsita en el núcleo esencial de la dinámica de las organizaciones: desde la guardia suiza de El Vaticano a los partidos políticos y demás sectas, pasando por los hospitales, las escuelas o el CSIC. Organizaciones con una alta toxicidad servidas en gran medida por sujetos también tóxicos. Ya lo explicaba hace algún tiempo el psiquiatra Carlos Castilla del Pino en aquella obra titulada La incomunicación.  

Existe toda una enorme fila (a los condenados de manera sumaria e irrevocable siempre se les conduce en fila) de víctimas de Mobbing que han sufrido en silencio al maltrato continuado de personas e instituciones sin obtener reparación alguna. Sobrellevaron como pudieron eso de la indefensión aprendida. Mientras tanto, los jueces y demás instancias sedicentemente garantizadoras retiraban la mirada. Quienes sabían de ello, también callaban. El único bastión quedaba reducido a la familia  y a algún espíritu noble y puro. Sólo el buen hacer personal y profesional de algunos psicólogos (con nombres y apellidos, humanos a carta cabal) y un  muy exiguo número de psiquiatras (reducidos por lo general a meros expendedores de recetas de sustancias químicas)  sirven como postrer y desinteresado apoyo. Sin ellos el accidente de tráfico fatal, la somatización de enfermedades o el indeleble sufrimiento psíquico pasan a ser meros datos estadísticos que enmascaran –a través de los diferentes juegos institucionalizados- una realidad que ahora aparece explosiva porque esta monumental estafa  ha llegado demasiado lejos o acaso porque interesa caldear el ambiente para correr un “escupido” velo e intentar renovar algo la institucionalidad.

Elementos hay en abundancia para intentar escribir una historia general del suicidio y destapar tanta inmundicia internalizada socialmente. Porque detrás de muchos suicidios está todo un entramado de acosos en cascada que suele disfrazarse de solemne institucionalidad. Está detrás el fracaso del ser humano –una vez más el fracaso humano- incapaz de percibir el sufrimiento ajeno aunque se encuentre en la más próxima cercanía. Mientras institucionalmente se emiten sin cesar lemas sobre  medicinas preventivas  y  rescates y recuperaciones  económicos, hay en el ambiente una endémica incapacidad para reconocer e intentar  detener lo que acontece justo a nuestro lado.

Quien ha sentido el  acosado en su integridad moral aborrece todo lo que huela a caza de brujas y cualquier ceremonia de lapidación colectiva. En este blog se ha intentado ponerlo de manifiesto en más de una entrada. El acosado no acepta  que se mezcle la calificación de las conductas como se hace ahora periodísticamente mezclando el acoso institucional contrastado con la comprensible -y en principio sincera- desesperada protesta de las víctimas. Se habla ahora de escrache y, según qué medios, incluso de patota. Así está el ecosistema mediático-político. Si la política y el mundo de las instituciones pueden llegar a ser transparentes (lo que es harto dudoso, y, de ser posible, tendría un elevadísimo coste, visto lo visto), lo lógico es que descubiertos el garlito y la colusión se cambiasen las leyes, se impartiesen las instrucciones administrativas correctoras, se buscasen los jueces decentes y los policías sensibles e instruidos en humanidad para buscar las mejores soluciones. Y si, llegado el caso, quien queriendo arrepentirse no pudiere por el acoso del statu quo, que se marche aireando las razones morales que le impulsan a ello, rompiendo la Omertá institucional impuesta o consentida. Y en extremo caso, ahítos de impotencia y desesperación y necesitando una medida -digámoslo así para entendernos- “ejemplarizante”, que opten, actuando por propia mano, por intentar equilibrar el balance de víctimas entre acosadores y acosados…  De seguro nadie manifestaría su estupor además de que podrían estarse  sentando las bases para una auténtica regeneración moral, igual que pasó con la inmolación de Mohamed Bouazazi. Todo lo demás parece mera  renovación de las escenificaciones para que nada cambie.

En la historia del acoso institucional en España, son los acosadores y su cohorte de trepas, pelotas y estómagos agradecidos quienes suelen propalar los materiales para seguir acosando a las víctimas. Los siervos del régimen totalitario (los esbirros, ya sean sindicalistas, jueces, fiscales, plumillas o ministros) se encargan de destruir las pruebas  y enmarañar los procesos, indiferentes al sufrimiento humano de unos semejantes a los que no son capaces de considerar como tales.

Va a resultar que la vieja máxima atribuida al senador neoyorkino W. L. Marcy (to the victor belong the spoils) se queda sumamente corta y los acosadores institucionales se siguen repartiendo mucho más que los despojos mientras, de manera indecente pero consensuada, convierten a las víctimas en cabales despojos humanos, como se ha hecho casi siempre en contextos dados en llamar cacicato, clientelismo o cleptocracia. Ahora se denomina abuso de debilidad o experiencia personalizada de desigualdad, pero es realmente lógica sacrificial para mantener ocultas las más innombrables aristas del statu quo. Dura soberanía sobre los súbditos.


¿Quién  en la España intitulada democrática conoce algún acosador, en sus diferentes grados de participación, que haya terminando por reconocerlo y avergonzarse de su indecente proceder,  dimitiendo, suicidándose o  tratando de obtener el perdón de las víctimas? La norma es el utendi et abutendi. Utilización del abuso, de la manipulación y del  expolio a la que suelen sumarse voluntariamente toda una masa importante de liliputienses morales, entre ellos –acaso en primera línea- los encargados de las garantías y la seguridad de los demás.

Asistimos a un ejercicio de teatralidad mientras unos y otros se siguen repartiendo mucho más que despojos. La larga lista de  muertes civiles, desaparecidos y desesperados les ha traído siempre sin cuidado. A lo sumo son un dato estadístico susceptible de diferentes encuadramientos.

Cuando, como parece pasar ahora, las víctimas sólo intentan patentizar a los acosadores, de inmediato nos dicen ¡No! y acto seguido nos hablan de escrache
Pocos acosadores institucionales terminan suicidándose abrumados por el peso de su culpa.    

jueves, 21 de marzo de 2013

DONDE PONGO LA VIDA PONGO EL FUEGO.



La sociedad del espectáculo ya no puede vivir sin las conmemoraciones y los específicos días de evocación. Sin embargo, las confiscaciones estatales se prestan malamente a la lírica. Vivimos en la actualidad un mundo de nudas (¡y hasta desnudas!) confiscaciones de derechos sociales, civiles y económicos. Desde 1999 la UNESCO tiene establecido el 21 de marzo como día mundial de la poesía y, a duras penas, se van sucediendo las celebraciones como mejor se puede, presidido todo por aquella duda dirimente expuesta por Theodor W. Adorno de si realmente tiene cabida esa modalidad lírica después de los horrores consentidos -y cometidos por una parte importante de ella- por la humanidad bajo el influjo de toda una organización con pretensiones de máxima científicidad: la de Alemania en el III Reich.   


Auschwitz es el paradigma que ha quedado asociado a la duda sobre la posibilidad poética del ser humano. En la actualidad los horrores se recubren de eficiencia economicista y “financismo”. Ese parece ser el Olimpo actual como demuestran los aparentemente desmesurados agasajos a los inspectores del COI. Esa es la noticia del día: la mayoría de las instituciones (menos Urdangarín y algunos otros) involucradas en seducir a los inspectores de una organización que no es gubernamental y se dedica más al espectáculo que a la pura competición atlética (como demuestra la segregación de la lucha grecorromana y la posible admisión del pádel acompañando al golf). Hoy en España, pues, parece obligado invocar al poeta  Vladimir Maiakovski y a sus Conversaciones con el inspector fiscal. Maiakovski es conocido –además de por su espíritu revolucionario derivado hacia el anarquismo- por los  poemas de amor dedicados a su amante Lili Brik, por sus sátiras sobre la burocracia ( las obras teatrales La chinche y Los baños, además de los poemas la Burocraciomaquia  y Horrores de papel) y por su sublime y sobrecogedora despedida la mañana del 14 de abril de 1930 a través del poema  ¡A todos! en el que intercala un impactante y seco  Lili ámame mientras reclama al gobierno que se ocupe de asegurar una existencia digna a su “ familia”:
¡A Todos!
No se culpe a nadie de mi muerte y,
por favor, nada de chismes. Lili ámame.
Camarada Gobierno, mi familia es:
Lili Brik, mi madre, mis hermanas y
Verónika Vitaldovna Polonskaya.
Si se ocupan de asegurarles una existencia digna,
gracias.
Por favor, den los poemas inconclusos a los Brik,
ellos los entenderán. Como quien dice,
la historia ha terminado.
El barco del amor
encalló en la vida cotidiana.
Y estamos a mano tú y yo.
¿Entonces para qué
reprocharnos mutuamente
por dolores y daños recibidos?

El viejo Dacio Gil ya se ha posicionado antes sobre su mayor disposición a la prosa y especialmente al ensayo. A pesar de ello, tiene sus propios poetas de culto:
Se estremece con el coraje de Anna Ajmatova en Requiem  mientras, de la lectura de los versos, se la imagina esperanzada dentro de aquellas largas filas ante las cárceles de Leningrado intentando identificar a cada cual de los detenidos. Ha intentado ser  discípulo aplicado de Lucila Godoy para aprender de las cartas de amor y desamor de Gabriela Mistral, intentando besar al modo como la chilena lo enumera primorosamente en el poema de la misma rúbrica, y ha aspirado casi siempre a acostarse sobre el corazón de la amada, tal como se despide Lucila de su amado Miguel Magallanes (Te amo mucho, mucho. Acuéstate sobre mi corazón. Nunca nadie fue más tuyo ni deseó más hacerte dichoso). Por otra parte, ha tratado de conjugar siempre la palabra felicidad girando sobre la primera sílaba, fe, tal como mandaba Carlos Edmundo de Ory.   
Aprendió de Federico Hölderlin la importancia del entusiasmo, comprobando en propia carne que el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona. Ha procurado no olvidar el consejo de Diótima a Hiperión para no desaprender nunca del amor, intentando extraer la lección del poder del sufrimiento. Mario Benedetti le ha enseñado que es posible conjugar el amor y la oficina: que cabe una contabilidad de horas de amor; que puede hallarse siempre un jefe capaz de quedarse ronco de decir mierda y no; que no hay oficina sin amor, ni contabilidad con sólo verdades o mentiras; que tampoco pude haber ningún trabajo sin la esperanza de quedar yo con la roja mancha de tus labios/ tú con el tizne azul de mi carbónico.  Asimismo, ha repasado más de mil veces Áspero mundo (el éxito de todos mis fracasos) y reconoce en Ángel González la voz más desesperanzada, y a la vez aplicada en el amor, de la poesía española, tal como resplandece, verbigracia, en Todo amor es efímero:

Ninguna era tan bella como tú
durante aquel fugaz momento en que te amaba
                                                    mi vida entera.  

O esta otra espléndida lección vital:

Donde pongo la vida pongo el fuego
de mi pasión volcada y sin salida.
Donde pongo el amor, tengo la herida.
Donde dejo la fe, me pongo en juego.

Pongo en juego mi vida, y pierdo, y luego
vuelvo a empezar, sin vida, otra partida.
Perdida la de ayer, la de hoy perdida,
no me doy por vencido, y sigo y juego 
lo que me queda; un resto de esperanza. 
Al siempre va, mantengo mi postura.
Si sale nunca, la esperanza es muerte.

Si sale amor, la primavera avanza. 
Pero nunca o amor, mi fe segura:
jamás o llanto, pero mi fe fuerte. 

De igual modo, con las bitácoras vitales y la clarividencia social y musical de Luis García Montero, el viejo Dacio Gil ha aprendido a mirar el mundo con  su presbicia a cuestas, a relativizar su vejez y a transitar, de la manera menos frustrante posible, por la historia libre de la dignidad desde el otoño hasta el invierno; habita ya en habitaciones separadas:

¡Que lepra de banderas!
¡Que decencia de números podridos!
¡Que paisaje de escombros!
(...)
No hablo de ilusiones
sino de dignidad, y de mis gafas,
cristales trabajados que me ayudan
a comprobar el precio de las cosas,
a buscar los teléfonos que quiero, 
a recorrer los libros,
a mirar los periódicos.

Y estar aquí,
en una compartida soledad,
para ver lo que pasa
con nosotros. 

Luis García Montero aspira a ser un hombre digno, no le gusta -como él mismo mantiene- "convivir con los infiernos" y su brillantísima y clarividente cabeza, sensible a todo lo social, va dejando marcas en un camino que debería ser seguido; como estas de La dignidad es la huella de la conciencia: 

Ya tiene muchos años
y tal vez ha cumplido su destino.
Nunca buscó la guerra, pero todas
las batallas más tristes
le pasaron por la puerta de su casa.
Casi siempre ha perdido, y cuando los ejércitos
que decían luchar por sus ideas
gozaron la victoria, comprendió los motivos
de su desconfianza.
Comprendía también que los sueños se pierden 
y cambian los finales.
No quiso mendigar
delante del amor o de la muerte,  
para que la limosna no manchase su orgullo.
Es el orgullo seco un último refugio
de aquellos que conservan sus razones
después de haber perdido la esperanza.  
Cuando sentada en el vagón del metro
ve llegar la historia llena de promesas,
triunfos. medallones y bolsas de mercado, 
se suele levantar para dejarle asiento.  
Es muy vieja la historia que se siente de joven, 
tan vieja como ella,
y ni siquiera sabe dar las gracias.
Educada la mira, se aparta y le murmura
siéntese usted, señora,
yo me bajo en la próxima estación.  

Por el cordobés poeta y artesano de los aforismos Vicente Núñez ha tenido conocimiento el usufructuario de esta Tribuna Alta Preferencia  de todas las denominaciones de ese exceso de carencia que es el amor Coincide con el poeta de Aguilar de la Frontera en que el supremo diálogo está en el piel con piel; también concuerda en que la amistad es ladrona del amor, así como que amar es ponerse en peligro de muerte.
Su poesía compilada en Mío amor tiene una especial luz. Así, por ejemplo, en Libros

En el frío papiro de turbios editores
volqué aquellas ansias de mi pasión límite.
¿Era eso la vida? Asco me dio de ella.
Con qué clarividencia sentí que estaba muerto.

O en esta otra, Razón de amor:

Lo que de amor yo supe
lo aprendí desamándote.
Por eso te idolatro
mejor que si te amara. 

Acaso esta institucional modalidad recordatoria de los dias mundiales de tal cosa, tenga un efectivo valor. Al menos en el caso de la poesía, hacen que el ser humano no se olvide en este tráfago diario de que dispone de formas de manifestación bastante mejores que la violencia modal que nos asola y amenaza de continuo.

Y, lo más importante: que con esos instantes de evocación, siquiera breves, se consigue proyectar en los interesados una potente luminaria sobre su manera de representarse el mundo en momentos como los actuales de noche preñada de profunda oscuridad en la que se atreven a aparecer los más variados y deformes espectros.