jueves, 28 de junio de 2012

PATRIOTISMO FUTBOLERO EN LA NOCHE OSCURA.



Dicen quienes lo han vivido que las llamadas élites acceden o defienden su régimen político por tierra, mar y aire, que esta acción concertada es la que posibilita “disuadir” o “condicionar” al enemigo, al oponente o a los siervos. En esos mismos elementos multifocales se basan los persuasores ocultos de la publicidad y la propaganda para conseguir colocar sus productos en los diferentes mercados de consumo.

Si uno se tiene por un curioso observador, sin necesidad de acreditar cualidades de semiólogo, habrá podido comprobar en estos días cuáles son las formas de manifestación del patriotismo futbolero en Rojiquistán: banderas, bufandas, gorros, escarapelas, camisetas y múltiples anuncios comerciales percutiendo el subconsciente de los ciudadanos exhibiendo el orgullo de pertenencia a la Roja. Alegría conductista. Proclamación del todos somos nosotros. En ese universo conceptual extremadamente simplificado no hay lugar para mixtificaciones identitarias. Una dinámica a la que no está permitido sustraerse ni siquiera a los foráneos. El viejo Dacio Gil pudo comprobar personalmente en días pasados en una capital de provincia del litoral mediterráneo cómo turistas inequívocamente no españoles no solo mostraban sus camisetas y pinturas cutáneas rojigualdas, sino que gran número de yates y embarcaciones de recreo de bandera extranjera, en tránsito o amarrados en su puerto deportivo, incorporaban distintivos de identificación con el tiki-taka patrio. Lo que no alcanzan a conseguir las sesudas técnicas de imagen y movilización de las democracias de mercado lo alcanzan un puñado de peloteros y un ingente ejército de “plumillas” cantando las alabanzas de la democracia futbolera. O acaso sea la perfecta simbiosis manipulatoria.

Uno de los muchos telepredicadores graciosos que peroliferan en las ondas, tal vez el más conocido (heredero directo de butanito) se explayaba hace unas noches sobre las bondades del fútbol para insuflar optimismo y esperanza en un país en el que ni siquiera han aflorado el 30 % de sus innumerables pufos. Trataba de hacer creer a los oyentes el graciosillo telepredicador radiofónico que largando su speech “esperancista” y “optimistador” podía ocultar que todo responde a una estrategia de mercado de su empresa comunicativa en la lucha particular por el share de parrilla y audiencia. Verdaderamente los medios de comunicación están contribuyendo en gran medida a la propagación de la estulticia dominante. Véase, si no, en diferido cualquier retransmisión de un partido por TV –la de ayer mismamente-, repleta de un forofismo forzado y estremecedor. Por no citar la retransmisión en directo de las ocupaciones del espacio público en cada localidad. En este caso es certera la calificación de monstruo amable. Los medios de comunicación aspirando a ser vulgares emotional intelligence coaches.

El usufructuario terapéutico de esta Tribuna Alta Preferencia no quiere terciar, al menos de momento, en el debate de si es sano o no, en la coyuntura de pauperización inducida actual, mantener posiciones de pesimismo informado. Sabido debe ser ya que, además de simpatizar por un equipo de fútbol humilde, se alinea entre los fieles seguidores de Alejandro Nieto García (un sabio sin escuela pero con múltiples seguidores) que desde hace más de 20 años ha venido exponiendo de manera metódica, clara y contundente que el sistema no sólo se sustentaba en bases de frágil barro sino que estaba carcomido en sus supuestos elementos basilares sobre astillas, corrupción, desgobierno y ausencia de garantías reales. Tan sagaz analista siempre fue tildado (generalmente por los que hoy se mantienen firmemente instalados, y junto a su prolija familia política, con los riñones bien cubiertos por las burocracias varias europeas) de pesimista. ¿Pesimista quien se adelantó a caracterizar anticipatoriamente la bancarrota de toda índole que nos asola hoy? Trágica, interesada y paradoxal ironía.

El viejo Dacio Gil, la verdad, no acierta a entender la oleada de pensamiento positivo en un momento tan negativo que se nos trata de inocular mediante los aristócratas peloteros (y a fe que la invocación nada tiene que ver con el Marquesado de Del Bosque) que cobrarán, en época de confiscaciones salariales funcionariales, sustanciosas compensaciones económicas y honoríficas, cual Laureados por la patria, por terminar metiéndola hasta el último día del ecumenismo en orden a que los voyeures terminen proclamando, narcotizados, su orgasmo colectivo. Orgasmo que no se quiere perder, cerquita, el presidente del gobierno ( necio institucional califican los iniciados a la figura) desatendiendo boicots políticos por un caso de acoso institucional flagrante en Ucrania. También Sus Altezas Reales quieren hacer suyo eso “del Rey abajo todos” y parece que han pedido una localidad entre los Hooligans y Supporters. ¿Será cierto? ¿Cómo unos barrabravas más?

Todo hoy –tras un partido malo y las penas máximas- parece una broma. Como aquella novela de Milan Kundera del mismo título en la que a uno de los personajes se le ocurre enviar una tarjeta postal en la que podía leerse “el optimismo es el opio del pueblo” y por esa frase es condenado a trabajos forzados en una mina de carbón (de las que ahora tienden a desaparecer) acusado de ser, precisamente, un enemigo… ¡del pueblo! A una mayoría de ciudadanos a la que se le viene infligiendo un palo ayer, otro hoy y el que vendrá mañana y tiene todos los visos de ser convertida, sin compasión alguna, en famélica legión de tristes y angustiados por medidas extremadamente onerosas y desproporcionadas a las mínimas responsabilidades contraídas, se pretende conducirla bovinamente hacia el clímax, a un paréntesis de felicidad en 90 minutos y sus sevicias y secuelas de ebriedad. Para quien dude si tiene cabida hoy el análisis realista de los negativo que nos asola, habrá que recomendarle que se haga con alguno de los libros de autores norteamericanos que culpan al pensamiento positivo inducido de la traición al sueño americano. Y para el que quiera ahondar en el debate podría leer el de Bárbara Ehrenreich, Sonrie o muere. La trampa del pensamiento positivo. No lo destripará el viejo Dacio Gil, pero si el inquieto lector tiene la tentación de hojearlo, que empiece por el final y encontrará la clave del realismo vigilante en busca de la felicidad: En las colas del paro y las de beneficencia (y en las celebraciones futboleras, añade Gil de su cosecha)  hay tantas hormigas como cigarras, tantos optimistas habituales como depresivos crónicos. Cuando la economía se recupere, si es que lo hace, no debemos permitirnos olvidar lo vulnerables que somos, la facilidad con la que se puede caer en la indigencia.

Pero a lo que vamos, que la intención del viejo Dacio Gil era hacer una reflexión sobre el patriotismo futbolero que parece haberlo invadido todo sin distinción de género ni condición. Tras un extenso debate de fin de semana, una inquieta administradora civil ha hecho llegar al veterousufructuario de esta Tribuna Alta Preferencia un libro de su biblioteca privada, al parecer adquirido en Argentina hace 8 años, cuyo título es La democracia providencial (Dominique Schnapper). El libro traduce negro sobre blanco mucho de lo que acontece hoy en el mundo y de manera especial en España. La antigua integrante del Consejo Constitucional francés hace unas sugestivas revelaciones sobre la nueva modalidad de patriotismo instrumental, asimilándolo a las festividades religiosa en las que los hinchas montan sus altares y tenderetes, adquirieren reliquias y ofician rituales ceremoniales que parecen la antesala del sacrificio supremo: morir por la patria (futbolera).

Tal y como no se han cansado de mostrar los medios de comunicación españoles, que agitan interesadamente todos estos tinglados, tras el último penalti contra Portugal, es una euforia inducida, fomentada e instrumentalizada para dar la sensación de que la multitud muestra sus signos de pertenencia y participación de una manera que parezca espontánea pero que viene ordenada institucionalmente (espacios públicos al efecto, pancartas, alegría televisiva, becarios con la obligación de magnificar la alegría de los hinchas etc., etc., etc.).

Valgan dos perlas entresacadas del libro de Schnapper:

a) Solamente la victoria francesa en la copa mundial de fútbol, el 12 de julio de 1998, originó una manifestación nacional: fue la primera vez desde la Liberación que se escuchó sonar las campanas de las iglesias de París, para celebrar un acontecimiento nacional.

b) (…) el fútbol sigue siendo una religión menor que, a la inversa de las religiones tradicionales y de las religiones seculares no fomenta ninguna promesa de futuro radiante. No pretende revelar el sentido último de la existencia, ni asegurar nuestra salvación aquí abajo o en el más allá. Se constituye en la imagen y semejanza de la incertidumbre y la fragilidad de los valores y los desatinos de nuestras sociedades. Hasta ahora los muertos en los estadios, al menos en Europa, no fueron causados por la voluntad de sacrificio supremo, sino por el barrabravismo u hooliganismo y por errores de la policía de seguridad. Todavía no estamos listos para morir (por la Roja, Xabi Alonso, Casillas, Pedro, Cesc y compañía, desliza Gil de su peculio).



Tal parece ser el patriotismo futbolero y el éxtasis del pensamiento positivo en épocas de lacerante y oneroso empequeñecimiento como ciudadanos e incluso como personas.

La “modulación de la angustia” por parte de la política de la que ha hablado Zygmunt Bauman.

¿O será el opio del pueblo ironizado literariamente por Kundera?

jueves, 14 de junio de 2012

SUICIDIO POR PODERES.

La mayoría de las veces, las claves de los grandes problemas sociales y políticos se encuentran en las artes, como la literatura. En la buena literatura. En la escritura de don Miguel de Unamuno es difícil de discernir la frontera exacta que divide su literatura de los enunciados filosóficos. Otro destacado representante de este fenómeno es el profesor británico David Lodge que en todas sus obras, tras un humor fino e inteligente, refulgen con luz propia los contenidos sobre filosofía, en muchos casos, de filosofía de la cotidianidad. En La vida en sordina, su última obra publicada en España, Lodge perfila con apariencia tangencial un tema tan de actualidad como la Teoría General del Suicidio y su penetración en el campus universitario, siquiera solo desde la perspectiva lingüística epistolar. Envejecimiento, vida muelle-consumo, enredos embusteros y semiótica del suicidio se entrecruzan en un contexto de humor que, reposado, hace encajar todas las piezas del rompecabezas presentando el más próximo futuro. Se ha dicho que el escritor griego Petros Markaris, con las peripecias del detective Costas Jaritos, se adelantó  al suicidio perfecto que se representa hoy en aquél país. Lo mismo ocurre con el séptimo arte, donde pueden encontrarse películas como la de Sion Sono, Sisatsu Saakuru, que comienza con la imagen de 54 uniformadas colegialas  adolescentes que, de la mano, se abalanzan precipitándose  juntas a la vía al paso del convoy del metro. La película es una crítica de la sociedad japonesa actual, que bien pudiera traspolarse a la sociedad europea. Lo mismo puede decirse del teatro, entre cuyas obras puede destacarse la argentina (Daniel Veronese y Ana Alvarado) El suicidio, metáfora pura del suicidio colectivo provocado por la desastrosa situación socio-política-financiera del default de 2001.


Ya en una anterior entrada se ha incidido en esta Tribuna Alta preferencia sobre alguna de las aristas de estas vidriosas cuestiones tan de actualidad: el desastre colectivo y la muerte. La voluntaria también. Forzoso es volver a hacerlo habida cuenta la vertiginosa propagación de la doctrina del shock que se viene practicando desde lo que con ironía se ha denominado “La maldita Trinidad” (Comisión Europea, Banco Central Europeo y FMI). El suicidio general que parece en curso  no será un suicidio asistido aunque presente todos los elementos caracterizadores, en especial el consentimiento y la pasividad de los ciudadanos europeos y la insistencia de las´sedicentes élites en conseguir  el deterioro de la calidad de vida de seres humanos como ellos. Asimismo, aunque reuniría todos los componentes de un suicidio colectivo o, más aún, de un suicidio masivo, tampoco lo sería en puridad, al menos con los requisitos que apuntase Jenofonte en el Anábasis. No podrá ser un suicidio samurai pues faltarán los componentes idiosincrásicos  propios de la cultura japonesa. No será tampoco un suicidio sectario pues no se limitará a los miembros de ese tipo de reducidas asociaciones de creencias. Yerra quien entienda que pudiera homologarse a los suicidios terroristas, aunque presente alguna de sus notas en virtud (execrable virtud) del terrorismo financiero que nos asola. Eso por detenernos sólo en compararlo con las más importantes manifestaciones del suicidio social, porque los escritores recientemente fallecidos Carlos Fuentes (que hablaba del suicidio ecológico por la toxicidad propia de los entornos creados por el hombre) y Antonio Tabucchi (aludiendo al suicidio total por las notas apocalípticas de las instrumentalidades humanas) mantuvieron otras caracterizaciones del fenómeno colectivo que estamos tratando. Hannah Arendt reflexionó sobre el sufrimiento humano colectivo y, con ciertas reservas, escribió que hay circunstancias en la humanidad “que no merecen vivirse”. Y, en fin, ya han sido comentados en esta Tribuna Alta Preferencia la oleada de ejemplarizantes  suicidios de protesta que recorre el mundo. No son nuevos en la historia pero sí son significativos de la cesura social en la que nos encontramos.

En resumidas cuentas, para abreviar y poder entendernos en esta materia tabú: estamos al filo del suicidio financiero cósmico, por utilizar –debidamente manipulada- la cita de Albert Einstein en relación con la bomba atómica puesta a disposición de los señores de la guerra. Estamos en el “equivalente moral (y financiero) a la guerra” y parece apropiado lanzar un grito de alrma como el que puso Paul Crutzen, premio Nobel de química, sobre los peligros del agujero de la capa de ozono: “Si no reaccionamos a tiempo (contra el capitalismo del desastre) nos suicidaremos”.

Este largo introito viene a cuento porque intentando comprender el viejo Dacio Gil el colapso que presentan hoy las democracias en todo el mundo, la marca comercial “democracia”, se ha enfrascado en la lectura de libros recientes (Política para apolíticos. Contra la dimisión de los ciudadanos ; La buena democracia. Claves de su calidad; Los enemigos íntimos de la democracia) en los que intelectuales, periodistas y profesores de Ciencias Políticas intentan reflexionar sobre, no ya el déficit democrático, sino sobre las tendencias autodestructivas de ese sistema de convivencia que llamamos Democracia. Unos y otros se afanan en llegar a  un público desafecto e indignado, cuando no pasivo, indolente y escéptico, para hacerles ver que es el sistema menos malo de los existentes y que en él cabe la labor auxiliar y didáctica de los expertos. Que los ciudadanos disconformes y hartos de pagar los platos rotos de las orgías de trileros (aunque todo apunta a que en realidad se trate de un macro sistema largamente diseñado y teledirigido) puedan aún encontrar claves en las Ciencias Políticas y en sus derivados las Políticas Públicas y la Gobernanza …

El viejo Dacio Gil, después de leer con atención las nuevas contribuciones sobre la atribulada democracia, ha recurrido, para intentar cerciorarse, al clásico Juan Linz (La quiebra de las democracias) y sigue encontrándolo sugerente si se le insertan factores propios de la globalización financiera: “(…) los gobiernos democráticos no pueden ignorar las (demandas) de los grupos de interés, de importancia clave y bien organizados, que, si retiran su confianza, pueden ser más decisivos que el apoyo del electorado. Para dar un ejemplo: una política que produce desconfianza en la comunidad empresarial y lleva a la evasión de capital, aun cuando cuente con el apoyo de una mayoría del electorado, puede suponer una amenaza para un régimen”. Si nos fijamos bien en esta reflexión, llevada a su máximo exponente, es la que viene padeciendo Europa desde que todo el mundo habla de la “crisis” mientras los sempiternos iniciados ponen a buen recaudo sus capitales para que se multipliquen. Y  ese es, precisamente, el fantasma que se le viene agitando al electorado griego por parte de los medios de propaganda de la UE para que los votantes se inclinen por alguno de los partidos tradicionales, a pesar de que fueran ellos los que fraguaron (o facilitaron) la presente crisis helena. Ironías democráticas. Paradigma de la libre elección racional…tal como ahora se estila… sin injerencias externas...  En suma, las consideraciones de ineficacia y falta de legitimidad expuestas por Linz se mantienen vigentes hoy. Lo mismo ocurre con la cuestión de la legalidad, a la que el profesor aludía como “abuso de derecho” y “no hay Estado”. O cuando reflexionaba sobre lo que pasa con la “falta de sincronización” de las decisiones, así como  con los escándalos políticos y financieros. Una situación de ambigüedad en la que el ciudadano –a la sazón votante- es víctima de injusticias, de ataques a su dignidad o a su libertad, impotente éste para hacer prevalecer sus derechos trabajosamente adquiridos, burlado con promesas no cumplidas, confiscadas buena parte de sus retribuciones y constantemente bombardeado con la iconografía del miedo y el desastre.

Analizados con interés los argumentos de Juan Linz, las cinco pautas que marcan el final de las democracias parecen aplicables a la realidad actual:

1. Desplazamiento anticonstitucional del gobierno democráticamente elegido.

2. Combinación de estructuras antidemocráticas o alegales.

3. Aumento del autoritarismo y la exclusión.

4. Establecimiento de modos pretotalitarios.

5. Presiones sobre el gobierno democrático.

A pesar de que Linz, siguiendo a Pareto y a Hirchsman, hablaba de “reequilibrar la democracia” a base de técnicas empresariales, de recuperar a los clientes alerta (para restablecer su esfuerzo para empezar la recuperación) y los clientes inertes (que proporcionen un respiro de tiempo y de dinero para que el esfuerzo termine fructificando) el estado clínico de la democracia actual parece tender al colapso endógeno propiciado por sus propias instituciones, incapaces para encontrar equilibrios frente a presiones exógenas. La democracia contra sí misma. O, lo que es lo mismo, la democracia dependiente, asistida por sus enemigos íntimos (Todorov).

A Estados e Instituciones, en teoría vicarios de sus sociedades, de sus ciudadanos que sienten y padecen,después de haber dejado atrás la “borrachera democrática” (Minc) y el delirio especulador y edificatorio, parecen habérseles agravado los sentimientos depresivos y la pérdida de autoestima. Nos encontramos en plena resaca de la curda y del delirio de la ingeniería financiera. De estar en lo cierto el escritor serbio Danilo Kis, el mejor antídoto contra la resaca es el suicidio.

Parece, pues, actual aquella afirmación de Jean François Revel, contenida en El conocimiento inútil, de que ninguna democracia perece de muerte natural sino que las democracias terminan suicidándose. Eso les debió ocurrir a las llamadas demicracias populares, pero ¿puede acontecer un suicidio social de esa envergadura cuando todo quisque se autodenomina democrático, en una época en la que la democracia parece ser la imagen de marca de cualquier rincón de la tierra, por ínfimo y totalitario que sea? Es notoria la efectiva eliminación de derechos fundamentales costosamente conseguidos (al menos formalmente), la aniquilación económica del estrato social intermedio que servía de colchón a la convivencia (la llamada clase media)  que ha terminado por no tener cabida en la impuesta división tripartita de clases: los muy ricos; los aspirantes a muy ricos; los excluidos. Clase intermedia pauperizada pero incongruentemente atónita, desmovilizada y escéptica que difícilmente podrá siquiera jugar el papel de clientes alerta o  ciudadanos inertes a los que aludiera Linz.

En ese contexto sólo cabe concluir que el proceso de autodestrucción democrática al que asistimos entre narcotizados y paralizados por el miedo no es, ni más ni menos, que un suicidio por poderes. Una muerte colectiva voluntaria por mano ajena. La longa manu de los sedicentes representantes, depositarios y prestamistas. Si el amor, desgraciadamente, no llega nunca a ser eterno (amor que se da también en el matrimonio por poderes), ¿cómo va a serlo, desafiando toda cinética natural, emocional y social, este potaje que damos en llamar en la actualidad y en todo el mundo Democracia?.



viernes, 8 de junio de 2012

EICHMANN E INIESTA EN LA CASA DE LA CIENCIA...DEL SUFRIMIENTO Y EL DOLOR.



Por mor del paso del tiempo, de la tendencia natural al ecumenismo y como consecuencia de la Primera Internacional Futbolista, parece que hemos tomado conciencia –al menos epidérmicamente- del componente horror como continuum humano. Y de sus contrapartidas el sufrimiento, el dolor y el daño en seres humanos también. Ha tenido que ser -¿acaso podría haber sido por otra causa?- por la proximidad de un campeonato de fútbol entre naciones -¿realmente entre naciones?- que las instituciones y los medios de comunicación han tenido a bien hacer un ejercicio de memoria. Como el campeonato de balompié es entre naciones (¿son realmente ejércitos nacionales los que compiten?) se celebra en Polonia y en Ucrania, los ejércitos de deportistas han ido acudiendo al museo del horror por excelencia: Auschwitz. Y se acude como acuden los modernos turistas coleccionistas de sensaciones, transformando el sufrimiento en objeto de consumo. Para ello ha tenido que transcurrir el tiempo necesario para que los jóvenes no puedan tener la certeza de qué sea Auschwitz. Ha sido el paso de un tiempo generoso ya y no el sentimiento de horror frente al horror humano mismo o el esfuerzo por empatizar con los que sufren o sufrieron, el que ha posibilitado exhibir la galería de los horrores con el ambiente festivo que acompaña los enfrentamientos peloteros en su dimensión mediática.

En el ya lejano Mundial de Argentina de 1978, en el de España de 1982 o en las Olimpiadas de Moscú de 1980 hubiera sido impensable que las selecciones desfilaran por la penitenciería de Ushuaia, los penales de Carabanchel, Córdoba o Chinchilla, o los gulags de Sharashka o Psijushka, pongamos por caso. Las heridas estaban aún demasiado tiernas, podían ofender la memoria de los victimarios. Si, de los victimarios, no de las víctimas como sería lógico. Con el paso del tiempo, el dolor humano, el inmenso sufrimiento padecido por tantos y tantos seres humanos queda diluido, reducido a museo para turistas.

Por casualidades temporales el inicio del campeonato no ha coincidido con el 50 aniversario del secuestro en Argentina de aquel "funcionario ejemplar" de las SS de nombre Karl Adolf Eichmann para el cual los seres humanos eran simples estadísticas, que posteriormente fue juzgado y condenado  en Jurusalén. La lingua franca (¿o terminará siendo la Lingua Tertii Imperii?) que es hoy el fútbol permite recurrir a la anécdota de los edificios en los que puede leerse en su frontispicio aquel odioso Arbeit macht frei que parece el nuevo sino de los ciudadanos europeos ni no se toman medidas urgentes, y poder dejar en un punto casi indefinido a aquel funcionario de las SS que mantuvo ante sus juzgadores que se limitaba a cumplir órdenes y datos estadísticos: lo que en el lenguaje militar se ha denominado siempre “obediencia debida”. Ese funcionario-verdugo en el que la gran Hannah Arendt personificó la banalidad del mal.

Zigmunt Bauman, el padre de la modernidad líquida y de la teoría del mundo consumo, tiene un primoroso primer libro que supera con creces  su producción intelectual posterior. Se trata de Modernidad y Holocausto, que debería ser obra de consulta obligada de todos los gestores públicos porque estremece constatar a los abismos a los que pueden conducir la racionalidad burocrática y los seres humanos tóxicos imbuidos de la idea de la banalidad del mal. El viejo Dacio Gil lo ha releído varias veces desde que se inició el constante e inhumano acoso contra él en el seno del CSIC. Le ha dejado una huella indeleble su descripción de los procedimientos de inhumana animalización que comporta cualquier maltrato modal institucional. Describe cómo una maquinaria con pretensiones científicas puede no sólo consentir sino auspiciar y ejecutar sin inmutarse tamaños desatinos de humillación humana y violación de la integridad personal. Tal es el manto de silencio de las burocracias que nadie en el exterior parece enterarse de lo que acontece en su seno. Para las atrocidades (un Mobbing colectivizado) los burócratas tuvieron que implicarse, haciendo cómplice también a la sociedad: un incontable ejército de verdugos voluntarios (Daniel Jonah Goldhagen) que al final del acoso pretenden cerrar los ojos –y esconder las manos manchadas- negándose a reconocer las cosas tal como acontecieron mientras duró el terror institucional: se deploran los crímenes sin aceptar su propia responsabilidad singular y colectiva.

El siglo XX ha sido el siglo de los horrores de los totalitarismos de diferente signo. Ese totalitarismo se ha transformado en la actualidad del siglo XXI –si creemos a Sheldon Wolin y a Dalmacio Negro, cada uno desde su óptica- en invertido. Una grave provocación en el seno de la democracia de mercado. Perversión del dolor y los excesos por toda Europa. Donald Rayfield, profesor de la universidad de Londres, ha dejado claro en su monumental Stalin y los verdugos que la impresionante y casi invulnerable maquinaria burocrática del estalinismo dejó constancia de su acoso institucional en libros y registros: listas de fusilados; instrucciones concretas para las detenciones; protocolos para el tiro en la nuca; fichas con todos los datos de las víctimas…

En este siglo del horror (y de su hijo natural el siglo XXI) no se salvaron ni los Aliados (y la OTAN en la antigua Yugoeslavia) con los bombardeos indiscriminados. Stalin, Hitler, Videla y tantos otros en diferentes ámbitos, eran psicópatas, incapaces de sentir el menor remordimiento. Pero la tiranía feroz de uno no se puede entender sin la crueldad extrema, la absoluta inmoralidad, el sadismo y la sumisión total de otros muchos. El líder fija los fines y los verdugos se ocupan de poner en práctica la represión en una cadena sin fin de acciones, omisiones e indiferencias (“Un único hombre al que le importe un bledo que peguen a un judío es más nocivo que los diez que lo apalean –sostenía certeramente Joseph Roth. Al judío, al gitano, al pelirrojo, al de los ojos verdes. De ahí que, comparada con la “neutralidad” de algunos, la bestialidad sea casi llevadera. El enemigo común, en resumidas cuentas, es el indiferente“). A la postre, fines y medios se condicionan mutuamente. También en el CSIC.

Acontece aquello en todas las burocracias en situaciones de acoso. El maltrato, la humillación, la aniquilación no sólo la produce un psicópata o manipulador, la propia organización genera sus genuinos Dzierzynskys, Menzhinskis, Yogodas, Yezhovs o Berias, además de sus Goebbels, Bormans, Höss, Keitels, Jodls, Hess o Himmlers. Y, por supuesto Eichmanns, muchos Eichmanns embutidos en su “banalidad maligna”. Como apunta el historiador Peter Padfield (Himmler, el líder de las SS y la Gestapo) la organización eficaz de la aniquilación y la erradicación necesita de otros seres humanos que consientan y ejecuten el hostigamiento sistemático, la mentira institucional, las agresiones selectivas, las muertes morales como inevitables. Son muchos quienes en las organizaciones –en el CSIC también- trabajan "en la dirección del Führer”.

La barbarie totalitaria no es privativa de Alemania y Rusia, de Hitler y de Stalin. El acoso físico y moral es una constante en todo tipo de organizaciones y sociedades. También en la gestión de las científicas. Lo que ocurre es que mientras se perpetra el maltrato selectivo se produce un pacto de silencio, una especie de Omertá, que trata de acallar la ignominia. Hirigoyen, Leymann, Piñuel, González de Rivera, Molina Navarrete y bastantes más –incluido el viejo Dacio Gil, en sus posibilidades- han documentado de manera cabal esta moderna manifestación de violencia totalitaria, del “Holocausto por otros medios” al que se asiste en la actualidad violentando el patrimonio moral, personal y familiar de sres humanos concretos. El viejo Dacio Gil lo ha sufrido, al igual que otros, en el CSIC, y tiene ya daños indelebles aunque resiste con los medios a su alcance, tal como demuestra este blog terapéutico.

En un pasado post se destacaba la tremenda analogía del hostigamiento institucional que sufren en la actualidad los ciudadanos de Europa con el Mobbing generalizado. Hostigamiento ante la literal indiferencia de las instancias sedicentemente garantizadoras. De seguir esta deriva europea, si nuestros principios éticos no lo impiden, terminaremos siendo a la vez víctimas y verdugos voluntarios. Será el fruto –parafraseando a W.G. Sebald- de la coventrización de Europa. Del surgimiento de un silencio cómplice sobre el pasado.

En las situaciones de acoso institucional actuales, lejos de producirse el “suicidio de los bárbaros”, éstos, una vez perpetradas sus humillaciones y aniquilaciones morales, encuentran plácido acomodo en la estructura de los organismos, cobijados en los reductos protegidos creados al efecto, conocidos como “cementerios de elefantes”.

Como hemos podido comprobar, el fútbol permite acceder asépticamente a uno de los mayores Museos del Horror del ser humano y de las organizaciones. Se lleva a cabo una visita turística desprovista de sentimiento. Como actividad turística, de poco sirve como elemento de concienciación social. En tales coordenadas, es difícil llegar a alcanzar la cabal representación mental del sufrimiento que albergan esos campos y esos muros. Mas parece una huida de la memoria. Ocurre,sin embargo, para seguir en el lenguaje de Sebald, que “si intentamos escapar de la memoria, ésta acaba disparándote por la espalda”.

Junto a Auschwitz, Eichmann también merece ser recordado al hilo de estos campeonatos. Su espectro devastador se proyecta por todas las organizaciones. El usufructuario terapéutico de esta Tribuna Alta Preferencia ha venido sufriendo (es de esperar que todo tenga su fin) la más artera persecución que imaginarse quepa en la que debería ser sólo la Casa de la Ciencia. Eichmann hacía su función sin inmutarse por el sufrimiento que provocaba en seres humanos inocentes y ocupa un lugar de privilegio en la cámara de los horrores, aunque en Auschwitz no tuviese las mismas responsabilidades que Rudolf Höss. Pero Eichmanns hay muchos ocultos por ahí y en muchos sitios.

El viejo Dacio Gil podría concluir esta evocación futbolera y del dolor con unas palabras de Czeslaw Milosz (“ser un hombre y vivir entre hombres ya es un milagro; incluso si conocemos la vileza y los crímenes de los que somos capaces”) pero quiere terminar recordando que en el CSIC se desempeñan dos ilustres y laboriosos investigadores que vienen trabajando sobre la dimensión humana  del dolor humano: Reyes Mate (Memoria de Auschwitz; Por los campos de exterminio; La herencia del olvido; Tratado de la Injusticia) y Javier Moscoso (Historia cultural del dolor). Excelente ocasión para que la gestión de la organización intente conciliar teoría con práctica ética.

En el caso del viejo Dacio Gil determinados gestores del CSIC han demostrado que desprecian las garantías jurídicas del raquítico Estado de derecho que nos queda. Que desprecian la lealtad procesal ante los tribunales. Que no reconocen la dignidad humana. Que utilizan la maquinaria institucional para provecho propio o para tapar profundas desvergüenzas. Bueno sería que, al hilo del campeonato de fútbol, esos gestores optasen por una concepción no ya ética de su comportamiento sino decente. Sólo decente.
Habrá que creer con esperanza que el ecumenismo futbolero proyecte el efecto Auschwitz en las organizaciones. Que las organizaciones humanas -tambien el CSIC- busquen ser decentes. Theodor Adorno dejó constancia en Minima moralia de sus profundas dudas de que cupiese la poesía después de la barbarie de Auschwitz. A duras penas ha ido siendo posible la poesia. Algo de poesía.
Habrá que intentar que sea posible ahora la decencia.

lunes, 4 de junio de 2012

FALSEDAD BIEN ENSAYADA, ESTUDIADO SIMULACRO.


Si bien se mira, sin apasionamientos y sin nocivas persuasiones mediáticas, todo lo que está aconteciendo en el mundo al hilo de esas “guerras civiles frías” que damos en denominar, para desentendernos, crisis bancarias y financieras responde a un guión bien ensayado para cambiar el modelo productivo y pauperizar a la ciudadanía media y mediana hasta estadios de casi hace dos siglos. Especie de selectivas minas antipersonas que aparentasen ser incruentas aunque van dejando a ambos lados del camino innumerables bajas –todas del mismo bando-que tienen que recurrir a la beneficencia y a los bonos de comida para poder subsistir mientras las instituciones de la convivencia –ya no cabe decir de la solidaridad- van insuflando grandes cantidades de dinero a los intermediarios especuladores que se encargan de hacer un apartado contable (que solemos convenir en denominar, para desentendernos, retiros dorados o jubilaciones millonarias) para las cesantías de sus directivos que luego no son tales pues una vez liquidados sus bien retribuidos puestos (a ellos no se les pide su consentimiento para fraccionar la indemnización, como le viene ocurriendo a cualquier trabajador normal), se aprestan a pilotar otras naves especulativas más grandes si cabe. Es la cuestión de siempre: los banqueros y sus gestores no pierden nunca en las guerras civiles como la que padece el mundo en la actualidad. Se trata de negocios de suma cero: se lo llevan todo.

Como contara Irène Némirovski, en Suite francesa, en esos trances sólo cabe ya el poder sobrevivir. Es lo que ocurre en las guerras convencionales. Si todo lo que está pasando hoy en España lo ha contado Arianna Huffington en su libro Traición al sueño americano, ¿cómo es posible que los segmentos damnificados no se hayan levantado violentamente y  con rabia   contra los gobiernos que no son sino los managers de los especuladores, cuando no los mismos especuladores constituidos en colegio? La política es cosa de tahúres. Como dice Huffington “el sector de nuestra economía que se dedica a hacer cosas de valor se reduce, mientras que el sector dedicado a conferir valor a las cosas sin él (como los llamados productos financieros) se expande". Embriagada toda la clase política (toda, sin excepción de ningún tipo, no como tratan de hacernos creer IU, UPyD y otros) con el juego capitalista, han puesto en subasta la democracia y ya es patrimonio privativo de opulentos capitalistas. Aquellos Lobbies trajeron estos lodos.

Si Naomi Klein, Sheldon S. Wolin y Arianna Huffington, entre otros muchos, nos vienen contando con detalle que esto de la Gobernanza (Francisco Sosa, entre nosotros, y Guy Hermet en el ámbito francés han criticado con dureza esta “puerta giratoria” que es la Gobernanza con un restringido número de beneficiarios, que siempre ganan mientras una gran mayoría no deja de perder) ha contribuido al nuevo statu quo con el constante flujo de desastres que el mercado espera y fomenta, ¿qué nos ha faltado para no haber intentado reaccionar a tiempo? Si sabemos que a los actores y agentes políticos, sociales y económicos les interesa esto de las máquinas de creación de crisis y de que la inestabilidad sea la nueva estabilidad, ¿a qué se está esperando para decir ¡Basta! e incendiar las maquinarias financieras y los palacios que albergan a sus ingenieros y comerciales? Es evidente que se está decidiendo la destrucción de determinados países europeos para grantizarse el ulterior  negocio de la “reconstrucción”. ¿Acaso ya nadie recuerda que el concepto interés general (que tampoco era tan general, seamos honestos) fue devanado por la sospechosa teoría de la responsabilidad social corporativa que es ciertamente corporativa pero no social? A base de propaganda y miedo, de miedo y propaganda, nos hemos terminado convenciendo todos de que el moribundo debe morir: que ese conglomerado sin perfiles claros que llamábamos la clase media era la culpable. Que es necesaria la reconstrucción del escenario, bien sea a través de planes de estabilización o de planes Marshall. Y ese es hoy el núcleo del debate. Hoy las bases ya no son Torrejón ni Rota sino las sedes de los bancos quebrados que no quiebran. No interesa hablar del ingente número de excluidos que el sistema provoca. Es la nueva colonización. La historia se repite por otros medios.

En el fondo quien ha venido a tener razón ha sido la actriz y directora Blanca Portillo, reciente premio Max, que desde un principio destapó todas las responsabilidades de la clase política, sin excepción, tomando como ejemplo los desmanes del Festival de Mérida (EL PAIS 4.1.12). La Avería de la Justicia (ese divertimento de instalados) se ha extendido a todas las instituciones: todos inocentes-culpables y culpables-inocentes. En un mundo en el que ciudadanos y sociedades parecemos en estado catatónico, por más que se nos robe y nos roben desde las instituciones más estiradas, lo cómicos han tomado de nuevo conciencia de lo que está pasando, lo están denunciando, y tratan de hacer reaccionar a los ciudadanos-espectadores. Con los medios a su alcance, naturalmente; no cabe pedirles más. También  tiene razón el exitoso Miguel del Arco que tras Los veraneantes ha actualizado la fina sátira de Nocolas Gógol El inspector casi de una manera pornográfica: una denuncia explícita de la corrupción con una trabajada,  meticulosa y bien ensamblada puesta en escena. Se puede decir que es pornográfica porque su sexo es explícito a más no poder, con un fuerte impacto visual. En el bien entendido que la corrupción y el cohecho constantes son en este caso los culos, las tetas y las pollas.

Al viejo Dacio Gil le cuestan en un primer momento este tipo de adaptaciones, ya sean de Dürrenmatt o de Gógol; trata de ceñirse a la concepción clásica y le cuesta admitir las caretas que confieran edad, las canciones y los bailes; o los trajes regionales de valenciana y los imitadores de Joselito, pero reconoce que el mensaje da en la diana: son culos, tetas y pollas en acción. Así de descarnado, así de encarnado. Ese es el nudo y ese es el desnudo. Con unas obras clásicas con tanto contenido, concebidas para que la almendra del mensaje llegue al sistema intelectivo del espectador entre sonrisas amables, se corre el riesgo de perderse en la carcajada constante. Reconociendo los valores de la adaptación de del Arco, El inspector causó al usufructuario terapéutico de esta Tribuna Alta Preferencia la sensación de haber retrocedido en el tiempo a los estertores del franquismo y a los albores de la incipiente transición política: risa fácil y excesiva repetición del esperpento. El resultado es que, en efecto, el espectador ríe y ríe casi constantemente sin tener tiempo para la reflexión, aunque la reflexión aparece mayestática al día siguiente cuando se impone, por decantación, que es el puro reflejo de los pecados de la carne desnuda: amaño, compadreo, tráficos de todo tipo, ambiciones…exclusión y sometimiento. Aceptación social de un sistema que sólo funciona “a cencerros tapados”. Y ya se sabe, tan tapados, tan tapados que confunden la realidad con las ilusiones del refocilarse en el goce instantáneo. Así es el  sinsentido del equívoco. El inspector imaginario como espectro del ente supervisor. La justicia averiada como divertimento de los veraneantes en Marbella. Presenciando la representación de El inspector, el viejo Dacio Gil creyó transportarse a la época de las comedias de enredo (semi-revistas) de los Zori, Santos y Codeso, representaciones hilarantes en las que era obligado hacer aparecer mujeres espectaculares e insinuantes. Pero no es muy estético que El Inspector y Cambalache, ambas en cartel en la actualidad, presenten casi idénticos componentes treatales.  Las brillantes adaptaciones teatrales actuales (entre las que no se pueden olvidar las del  precursor Ernesto Caballero) muestran el sino de la sociedad y los ciudadanos en el ámbito de las instituciones supervisoras y garantizadoras: el eterno retorno…de la nada. El todo es verdad y es mentira. Hoy en día, por lo general, en los teatros españoles abunda la calidad y la denuncia. Buen exponente de ello ha sido la breve representación en Madrid, en forma de monólogo, del relato  Tala, de Thomas Bernhard  en la sala Cuarta Pared.

En épocas de crisis como la actual, en la que los partidos políticos se aprestan a regularizar su financiación mediante una modificación soterrada de la ley de financiación de partidos, aprovechando la magnanimidad pública con los bancos a los que nunca devolvieron los dineros prestados para las campañas electorales, es más necesario que nunca el teatro de verdad, no el de ellos. En unas épocas en las que la censura se practica por autoliquidación la más acertada decisión es buscar las respuestas en el teatro, aun a sabiendas de que el esperpento gracioso necesita de un mayor esfuerzo del espectador para separar el grano de la paja. El espectador bien entrenado en el análisis comprobará cómo al día siguiente las risas y los gags  se han ordenado con facilidad en el particular andamiaje cognitivo de cada cual: nada es verdad ni es mentira; nadie es completamente culpable…ni inocente. Siga la fiesta...

En esto de la política y las finanzas todo es simulacro. Ese simulacro que destapase descarnadamente la arremangada cubana La Lupe en la más célebre canción de entre sus interpretaciones:

Igual que en un escenario
Finges tu dolor barato
Tu drama no es necesario
Yo conozco ese teatro
Fingiendo.
Que bien te queda el papel
Después de todo parece
Que esa es tu forma de ser.

Y quien dude de ese sentimiento sea cabal que acuda a la versión que hacen Miguel Poveda y Concha Buika de la canción de Tite Curet Alonso:

Teatro
Lo tuyo es puro teatro
Falsedad bien ensayada
Estudiado simulacro.
Fue tu mejor actuación
Destrozar mi corazón.
Y hoy que me lloras de veras
Recuerdo tu simulacro
Perdona que no te crea
Me parece que es teatro.

Ahora nos toca a los ciudadanos tomar medidas y dejar claro esa máxima que produce escalofríos en las desgarradoras voces de Concha Buika y Miguel Poveda:

Mentiste serenamente
Y el telón cayó por eso
Perdona que no te crea
Me parece que es teatro
Pero perdona que yo ya no te crea...
Me parece que es teatro.

martes, 29 de mayo de 2012

LA DIOSA ITXAB, EL JOVEN WERTHER Y LOS FÉTIDOS "FLATUS VOCIS".


Anda vivamente preocupado el viejo Dacio Gil por el exponencial aumento de las muertes voluntarias con fuerte repercusión social, de los “suicidios sociales”. En esta Tribuna Alta Preferencia ya se dio el correspondiente toque de atención en una entrada pasada hablando de la necesidad de ponderar otros índices sociales en esta crisis financiera que viene asolando y menoscabando valores éticos y sociales reputados como esenciales. Se hablaba del S.I.B (suicidio interior bruto). Hoy parece como si se hubieran trocado los papeles y la “anomia social” –que este viejo Dacio Gil tiene certeramente identificada en una de sus manifestaciones, y así lo ha mantenido ante quien ha querido escucharle, en el comportamiento institucional del CSIC- fuese una componente determinante de las instituciones en la actual crisis financiera y bancaria que amenaza, por medio del despiadado egoísmo en el que se atrincheran los oligarcas del siglo XXI y sus escuderos los políticos incapaces de una dimisión digna y en condiciones, con aniquilar segmentos enteros de la humanidad. La anomia social institucionalizada estaría provocando este extraordinario aumento de suicidios. El caos institucional impeliendo al individuo.
La anomia parece haberse enseñoreado de las sociedades, a imagen y semejanza de lo ocurrido desde 2008 con su tutor, los EEUU, que siempre marca las pautas y las tendencias. Mientras, los voceros oficiales y los medios de comunicación entretienen  al personal con la mandanga de los bancos buenos y malos: Flatus vocis. Mientras,  los políticos dicen destinar el dinero recaudado de los contribuyentes (el que les quedaba tras las estafas financieras) a intentar detener la bancarrota institucional generalizada a través de falsas garantías organizativas de “regulación” y “supervisión”: Flatus vocis. En realidad lo que parece estar aconteciendo de tapadillo es un devanado efectivo de  los códigos de garantías jurídicas y éticas que aún se mantenían con alguna vigencia  en orden a la  protección de los ciudadanos normales y corrientes. El ciudadano de repente –aunque no es tan de súbito, pues desde 2008 tenemos noticias ciertas de que todo esto viene pasando ya en EEUU, en Argentina, en Islandia; y en la propia España exponentes hay a raudales desde el inicio de esa crisis-  se ha percatado de que se encuentra solo ante un marasmo de ruidos  financieros. Son eructos, regüeldos, ventosidades, hipos, fétidos vahos sobre los que no acierta a entender su cabal significado pero que le abocan a concluir que se está produciendo el vacío para la mayoría de los habitantes del planeta en general y de occidente en particular. Y el miedo al vacío es el peor de los consejeros vitales: Horror vacui.  
En esas coordenadas -lacerantes para un segmento social agrandado de repente en su proletarización- de palabros de tinte economicista sin correspondencia con la realidad, cunde el desencanto, cuando no la desesperanza, entre una población que hace unos años laboraba por hacerse un hueco en una socialización que le sirviera de antídoto a otros desengaños. Desengañados e indignados, cada vez más ciudadanos parecen  buscar que sus vecinos y conciudadanos reaccionen, que aún están a tiempo: Amina Filali, Mohamed Bouzazi, Rasheq Hamza, Dimitris Christoulas, los monjes budistas y un larguísimo etcétera que permanecerá en el anonimato pues a las élites de la sociedad no le interesa aventar sus vengüenzas. En estas situaciones de acoso institucional, pues no cabe duda que nos encontramos en una macro campaña de acoso institucional contra un segmento determinado de la sociedad, hay muchos suicidios consecuencia de lo insoportable del acoso que no llegan a contabilizarse como tales porque a la sociedad no le interesa verse reflejada en el espejo de la anomia institucional. La historia de Mobbing aporta abundantes datos sobre este sufrimiento silencioso: las estadísticas sobre muertes por Mobbing son falsas por haber sido deliberadamente manipuladas.
El impacto de la novela de Hegel,  Las penas del joven Werther,  vino a marcar el camino a la juventud alemana para quitarse la vida ante contratiempos y fracasos amorosos. En aquella época se detectó un aumento considerable  de la muerte voluntaria entre los jóvenes a la que muchos accedían tocados con su levita azul y su chaleco amarillo, al modo de Werther. Era un reflejo de la época, del difícil acomodo de los sentimientos inflamados de la juventud romántica frente a los fallos de las instituciones sociales de la convivencia. Heinrich von Kleist (el cántaro roto; Michael Kohlhass) es otro claro ejemplo de esta corriente romántica que se rebela frontalmente contra un sistema social injusto en sus valores éticos y en sus sentimientos humanos. Hoy acaso se pueda dudar si los móviles de esos suicidios son en esencia románticos o materialistas (incautación de las plusvalías sociales propias del sujeto y de sus mínimos vitales como ciudadano), pero es evidente  que hay un “efecto llamada” en esta cadena de  suicidios ejemplarizantes. Sí, ejemplarizantes, por más que pueda repugnar a los pusilánimes el empleo de ese calificativo a las actuales muertes voluntarias. Son ejemplarizantes como lo eran los habidos en los países del llamado  telón de acero que de manera tan realista expusiera en sus novelas y ensayos Milan Kundera: se rebelaban contra los nocivos efectos subjetivos del totalitarismo a la par que trataban de sacudir la conciencia social de sus concuidadanos.
Este equivalente moral a la guerra  (o, en otros términos, guerra civil fría) que es la crisis financiera de origen bancario y las consiguientes -y desastrosas- inequitativas decisiones institucionales de una oligarquía globalizada está sentando las bases inequívocas para validar en todo lo posible, por otros medios, la profecía Maya del fin del mundo el 21 de diciembre de 2012. Estas inmolaciones éticas, económicas y políticas apuntan a que esos ciudadanos, y tantos otros que carecemos de su coraje, decisión o su desesperación, están hartos de tanta desvergüenza y de tamaña tendencia a la aniquilación. Soledad Gallego Díaz, antigua defensora del lector del diario EL PAIS, titulaba una conferencia a unos jóvenes periodistas de una manera paradoxal e impactante. Mas o menos venía a titularse Si te van a matar no te suicides. Y, aunque la conferencia discurría por otros derroteros informativos, con ese título reflejaba perfectamente la realidad existente en la actualidad. Quienes se inmolan tratan de hacernos ver  a quienes somos sus coetáneos que el colapso está tomando unas dimensiones de genocidio. En apariencia financiero y bancario pero genocidio al fin. Y que todos comenzamos a ser verdugos voluntarios por omisión. Y, a la sazón, víctimas también. Todos contra todos. O, más certeramente, unos contra otros. La historia tiende a repetirse tozudamente con otros ropajes. El guerracivilismo en su estado más puro
En el corto entendimiento de este viejo Dacio Gil resplandecen estos  muertos éticos, políticos, y económicos (Amina, Mohamed, Rasheq, Dimitris, los monjes budistas y tantos más), muertos voluntarios, como santos sociales. Nos están hiciendo ver a todos aquello  que nos resistimos a querer entender: que este acoso institucional en su versión novísima es cada vez más asfixiante y grave. Que es aniquilador. Según las ortodoxias morales al uso, esos suicidas estaban y se sentían solos y por eso deben ser silenciados. Una mínima coherencia social nos debería hacer reflexionar y comprender que la diosa Itxab no sólo los ha protegido sino que los tiene en su seno explicándoles didácticamente el sentido de la cosmovisión que refleja el calendario Maya. Que debe de haber alma detras de los números y la cuentas. 
¿Habrán sido los apóstoles de la diosa Itxab? Todos deberíamos recapacitar sobre las imágenes llenas de contenido que cada uno de ellos nos han legado con su inmolación. Nosotros, aspirantes a verdugos voluntarios por omisión -o por acción, que hay de todo como en la comercialización de los productos tóxicos- y, a la vez, a víctimas, deberíamos  ir preparando la mejor de las levitas azules y el más límpido de los chalecos amarillos. O, en otro caso, irnos preparando para el fatídico 21 de diciembre  próximo al que parecen querer precipitarnos, sin compasión y de consuno, los banqueros y sus intermediarios intrigantes, los políticos de toda condición y credo, mientras nos aturden con constantes e ininteligibles flatus vocis escatológicos. Tal vez a partir del 21 de diciembre ya no haya bancos. Ni ayudas estatales a los fraudes. En el ínterin seguirán proliferando, esos nunca faltan, los verdugos voluntarios que pretenderán nuestra completa aniquilación.

viernes, 25 de mayo de 2012

CUM GRANO SALIS


Cuando Ignacio Garralda,  presidente de Mutua Madrileña (Automovilista) ha desvelado los planes de expansión de la compañía y su colocación en el ranking de las aseguradoras de vida, tras la concatenación de uniones, absorciones y sucesiones empresariales, el viejo Dacio Gil se ha echado a temblar. Hace tiempo que viene siguiendo la pista de Ignacio Garralda y su compañía MM(A). Ejemplo de ingeniería societaria y financiera, en la actualidad con un inmovilizado inmobiliario importante. Lo peor de todo es que hoy por hoy  ni es mutua sino sociedad mercantil, ni es madrileña al haber absorbido activos –o pasivos- catalanes, ni es principalmente automovilística sino inmobiliaria y del ramo de vida. Cosas de los arcanos del capitalismo rampante y sus códigos de comunicación y engaño. Le trágico es que le ocurre lo mismo  a MAPFRE, teóricamente su contrincante en temas de salud.
Cuando se calme el marasmo de la crisis bancaria y financiera, volverá a surgir el de las aseguradoras, que se cerró en falso con la crisis de 2008. No existe la menor duda de que será el próximo sector que sucumbirá y necesitará el apoyo financiero del Estado (de los ciudadanos medios y medianos) para tapar sus innumerables agujeros. Y de ello sacarán tajada esas empresas del ramo de vida y la propias instituciones públicas, pues se abrirá definitivamente el melón de la reforma de la seguridad social y la sanidad. No hay más que sentarse a esperar e ir tomando apuntes de lo que ha acontecido en los Estados Unidos del tercer mundo (Arianna Huffington dixit).
Lo más curioso de todo ello es que tanto la Mutua de Garralda como MAPFRE del recientemente accedido por promoción interna Antonio Huertas se han volcado con el tenis buscando un rebufo publicitario de Nadal que aplacara los insistentes rumores de crisis del sector. En el caso de la aseguradora de coches del Soy, soy, soy, el delirio ha llegado a inducir fabricar ex novo una tierra batida azul para que coincida con el color del logotipo de la firma patrocinadora: la famosa tierra azul que tanto incomoda a a Nadal y Djokovic. Sin los mejores del Top ten la cobertura publicitaria se resquebraja y por eso el banquero Tiriac y todo el entramado de la Mutua, con el extenista Santana a la cabeza,  se han aprestado a destacar las virtudes ópticas de la tierra azul y a poner el acento en la excepción negativa de… ¡la sal!. Tal como si el Master 1000 de Madrid, la Mutua de Garralda, el banquero Tiriac y sus agregados sufriesen serios problemas de hipertensión y se quisieran alejar ahora  de la sal por prescripción facultativa. Anotado quede que los organizadores del evento tenístico han responsabilizado a la sal esparcida sobre la arcilla azul del deslizamiento excesivo que sufrían los tenistas. Todo por buscar -dicen-  la excelencia haciéndose asesorar por los técnicos de mantenimiento del Roland Garros en orden a que la pista guardase el elemental grado de humedad propio de los gozos y las refulgencias.
Esto de la sal es siempre ambivalente. para unos es esencial y para otros un veneno. Es como el presidente del Tribunal Supremo, de apariencia soso, pero muy salado a la hora de disfrutar de los fines de semana –sólo o en compañía de otros - en Marbella. O como el juez-político Gómez Benítez, saleroso en los  dicterios al contrincante político pero soso en su dudosa intrepidez jurídica, en su uso alternativo del derecho. Así es la casa de tócame-roque nacional: puro esperpento elitista.
Esa ambivalencia es la que prepondera en el brocardo latino cum grano salis (como un grano de sal),  que empleada académicamente viene a evocar escepticismo mientras que en el ámbito popular castellano vendría a significar casi lo contrario. Para no embarrancar en bizantinismos habrá que convenir que Plinio el viejo se mostró más oscuro en este apotegma que en el famoso In vino veritas, principio motriz de la mayoría de los escritores y los santos bebedores.
Pero, dado tanto pesimismo, tanta depresión social y tamaña atonía en la juventud y en  ese segmento temporal que  eufemísticamente damos en llamar  la mediana edad, están surgiendo intelectuales ya tardíos (pero jóvenes de espíritu) como la octogenaria  antropóloga francesa Françoise Héritier  que, al modo de su compatriota Stéphane Hessel (el de ¡Indignaos!), anima a buscar, no la chispa de la vida de la bebida refrescante, sino la sal de la vida.    La sal de la vida es un breve librito que intenta insuflar optimismo vital mediante una enumeración de sensaciones, de pequeños instantes. La autora trata de destacar a través del método de los surrealistas (la asociación de ideas y la inspiración) que “hay una cierta gracia y ligereza en el mero hecho de existir, más allá de las ocupaciones, más allá de los sentimientos potentes, más allá de los compromisos políticos y de todo tipo: la sal de la vida”. La autora califica su enumeración como una antología íntima de la sensualidad, dado que el mundo existiría primero en nuestros sentidos antes que en la forma ordenada de nuestro pensamiento.
Acaso el listado del libro sea sólo concatenación de momentos y sensaciones personales, pero es seguro que cualquier lector que se acerque al opúsculo encontrará al menos  20 sensaciones con las que identificar un momento gozoso o placentero de su existencia. Estar en Babia; leer el periódico en paz; dar una calada ociosa a un cigarrillo; lanzarse a una aventura amorosa; hartarse de helados o chocolate; romperse los sesos para descubrir qué puede agradar al otro;  sonreír a quien no se lo espera; comer con las manos y en cuclillas; acariciar, que te acaricien; besar, que te besen; abrazar, que te abracen (todo ello con amor, complicidad y ternura); vaciar armarios; ser feliz cuando tu hijo lo es;  utilizar en tu fuero interno frases lapidarias y crudos y refinados improperios de la abuela; medir la diferencia de percepción de los recuerdos entre hermanos; saber que reflexionar hace que el tiempo pase a toda marcha...y así un largo ensamblaje de momentos. Esa es la propuesta de mínima empatía que propone la octogenaria antropóloga francesa con la que cualquiera -al menos parcialmente- se sentirá identificado al instante.
Sin el hueco optimismo del pensamiento positivo de raíz norteamericana, esta epígona de Lévi-Strauss -y también de Plinio el viejo-  viene a recordarnos con su librito que cabe un escepticismo positivo en esta sociedad del espectáculo que nos aleja más y más de la realidad convirtiéndonos en muebles salvajes.
Françoise Héritier enseña, como Plinio el viejo (que también debió ser un eterno joven rebelde e indignado), que la vida es como un  grano de sal robado. Que en lo íntimo, en lo personal y en lo cercanamente transitivo está la esencia de la vida. Que la farfolla  con la que nos tratan de manipular bovinamente los oligarcas financieros y mediáticos ( a la sazón únicos políticos realmente existentes, más allá de enroques profesionales politiqueros) está en las antípodas del cadencioso y demorado ver, escuchar, observar, oír, tocar, acariciar, sentir, oler, saborear, tener afición por todo, por los demás.
La vida en lo que merece ser vivida.

miércoles, 16 de mayo de 2012

EL SABIO GRIEGO QUE ACONSEJA EN LOS DESVELOS.

Cuando uno constata día tras día los padecimientos de los ciudadanos griegos purgando a sus expensas particulares las alegrías de sus denominadas élites políticas y económicas (actuando de consuno con sus “asociados internacionales") acostumbradas a ingenierías de toda laya en orden a la organización chapucera apresurada de unas olimpiadas y la formalización de protocolos y procedimientos  de integración y homologación comunitaria en la UE (cuando de lo que se trataba era sólo de enmarañar contabilidades públicas para terminar haciéndose con fondos estructurales que paliasen los desmanes financieros y vinieran a sustituir a las subvenciones estatales), termina concluyendo a toro pasado que en ese proceso perverso  hubo múltiples complicidades institucionales tanto nacionales como supranacionales. Ahora, en plena vorágine de las crisis financieras, parece que queramos olvidar este trascendental dato. De esos juegos burocráticos perversos no se tiene noticia de que nadie haya depurado responsabilidades (ni en Grecia, ni en la Comisión Europea, ni en ninguna  otra parte); ni en las altas, ni en las medias, ni en las bajas esferas de las instituciones respectivas, ni en las empresas de asesoramiento externo que tanto han proliferado y que tan altos rendimientos económicos obtenían de sus corretajes. Ello sin hablar de los mecanismos de supervisión y control, si es que efectivamente los había. Lo único cierto es que las perversiones (y aquella insultante vida alegre  de tanto intermediario desvergonzado) las han terminado pagando quienes nada tuvieron que ver en el garlito y que hoy se ven, además de privados de su mínimo vital, sumidos en la decepción y la desesperanza en su combate personal por una vida digna de ser vivida. Resulta lógica esa emocional desafección –e incluso defecación- en un entramado institucional que en nada les representa. Manifestación inequívoca de que Tony Judt  se quedaba corto con aquel  “algo va mal” en este sistema de convivencia llamado democracia. La democracia condicionada y empequeñecida  por los profesionales de la política y por los tecnócratas europeos.
Al viejo Dacio Gil se le viene apareciendo en estos días –más certero sería decir que en estas noches- en sus entrecortados y agitados sueños un lúcido caballero de mediana edad e inequívoco aspecto mediterráneo que le susurra máximas, recetas y recuerdos personales sobre la esencia del hombre, de la humanidad.  También respecto a los entramados institucionales (que no son sino la máscara tras la que se ocultan las ambiciones humanas más descarriadas) en el que se presentan , comicio, tras comicio, los políticos profesionales como los sedicentes únicos administradores de nuestra servidumbre voluntaria obtenida por el juego de espejos de la persuasión mediática y la dosificación del miedo. El clarividente visitante nocturno se refiere constantemente a ese entramado unas veces como La Herramienta, y otras como La Máquina. Otras veces reflexiona con su voz suave, su pensamiento firme y su peculiar acento francés sobre el estatus público normativo que en el siglo XXI han alcanzado la esclavitud y la servidumbre hasta llegar a ser asumidas e identificadas en una relación global de naturalidad. Afirma persuasivo que ese estatus público envuelve hoy a la mayoría de la ciudadanía europea. Intercala en cada consejo una certera alusión a la hegemonía y a las estructuras de dominación. Dice que tras los rescoldos del incendio del Estado de Bienestar se esconden los vividores del presente blandiendo los retales chamuscados de las banderas del interés general formal y abstracto. Intenta hacer ver al desvelado usufructuario terapéutico de esta Tribuna Alta Preferencia  –y a fe que lo consigue- que el sumidero de hegemonía de las estructuras públicas institucionales coincide con la dominación de los sujetos económicos preponderantes: el maridaje perfecto entre estructuras políticas institucionalizadas (incluidos, por supuesto, personajes instalados desde siempre en el sistema; tipos tales como los Diego Valderas, Rosa Díez, el clan rubalcabista de Majadahonda y la totalidad del PP franquista y postfranquista: franquistas todos ellos, a la postre,  cada cual con su máscara carnavalesca)  y las estructuras económicas instaladas en la dominación desde siempre sin que les afecten lo más mínimo las algaradas,  las bullangas, las  indignaciones callejeras o las guerras civiles. Esos prestamistas (ahora también prestatarios del Estado) tienen plenas  capacidades para la creación de bancos buenos, malos o pésimos y dar y retirar créditos cuando gustan y a quienes les gustan, en Santander, en Bilbao, en Vizcaya, en Argentaria, en -Unicaja de-  Málaga, en –Caja- Madrid, en Castilla-La Mancha o en cualquier cajita del mediterráneo, del cantábrico o del atlántico. Pueden financiar a los dos bandos enfrentados  en una guerra civil. Incluso en la guerra civil fria que vive Europa.
El nocturno intelectual  que viene  asesorando al viejo Dacio Gil mantiene insobornable que él ya advirtió sin éxito hace casi 50 años  que el llamado Estado de Bienestar había que denominarlo Estado tecnocrático, tal como ahora se pretende interesadamente colarnos de matute. Sostiene que hoy las estructuras de dominación no se reducen al Estado y a su producción de sedicente orden normativo. Apunta que en la actualidad aquel decorado se ha derrumbado en beneficio de las facciones dominantes globalizadas a las que se vienen adhiriendo, como perros famélicos, los políticos profesionales de cada país. Profesionales de la mentira institucional institucionalizada.
Aunque pueda parecer mentira, los cadenciosos consejos de sabio de quien se sienta cada noche el borde del jergón del semidurmiente  Dacio Gil no terminan agitándolo; antes al contrario, le producen cierta serenidad ante la cruda realidad de cada día en la que, martilleados por la propaganda del miedo y la austeridad, se van  descubriendo un desfalco aquí y otro allá. Desfalco directamente proporcional a la posición ocupada en el escalafón social e institucional, ya se sea monarca, familiar regio, presidente del Lobby de los jueces, consejero andaluz de la cosa, dirigente deportivo concursado, espía, "digno" policía en Sol represor de ciudadanos indignados, jueza apresuradamente trasmutada en Delegada del Gobierno en Madrid  o cualquier otra función a la que se ha pintado una cierta relevancia institucional. Así sucesivamente hasta llegar  al menudeo receptador de cualquier contratado del CSIC con acceso a fondos europeos.  Nadie nunca es responsable de nada, y cuando lo parece de manera inequívoca se cambia de súbito la legislación. Siempre terminan pagando los mismos de forma duplicada: con sus nóminas o sus automóviles, dadas las facilidades de bandolerismo legítimo que permiten las TIC en este mundo rigurosamente vigilado.
Apunta que en pleno siglo XXI nos encontramos con la realidad que él estudiaba: la lucha de clases, hoy polarizadas entre los superricos (y sus agregados los gestores financieros y los especuladores conectados) y los pobres procedentes de los diferentes grados de una clase media pauperizada de súbito que tal vez nunca llegó a tener relevancia más allá del simple consumo compulsivo. Puro reflejo de que el Estado se termina justificando  a base de dividir y desogarnizar permanentemente a las clases dominadas (“el Estado no puede –dice- evitar transgredir  los propios factores productores de la crisis, por lo que, con ello, sobrepasa la simple crisis económica. Todo sucede como si de ahora en adelante fuesen las propias instituciones públicas quienes se encargasen  de promover las sucesivas crisis económicas rampantes ”).   Mantiene -y a las pruebas se remite de contínuo- que en estas situaciones se ve alterada a la baja la posición tanto de los funcionarios como de los intelectuales. Argumenta que la crisis económica termina provocando una crisis política  precisamente por el intento de gestionar la crisis por medio de la institucionalidad estatal. Crisis que puede alcanzar a la esencia misma de la democracia. Con cierta tristeza convence cuando afirma que se encuentra plenamente vigente el decálogo que incluyó, allá por 1976, en las conclusiones de su trabajo Elementos de análisis sobre la crisis del Estado.
Como corolario, el intelectual de la melena larga concluye que el capitalismo siempre fue así. Como así fueron también las ortodoxias académicas que decían analizar sus fenómenos y efectos. Pone el ejemplo de Ditie, el protagonista de la novela de Bohumil Hrabal Yo serví  al rey de Inglaterra, que persigue los beneficios del capitalismo (liberal, nacionalista o estatal) pero siempre termina trasquilado. Recomendó a este  Gil  hace unos días que viese  la película de Jiri Menzel  que programaban en La 2 sobre la novela de Hrabal. Fue un acierto verla pues la película se ajusta bastante a la novela y refleja cabalmente las preocupaciones y obsesiones de Hrabal, aunque hay que reconocer que el impactante final literario de la novela aparece algo modificado en la película. Hrabal era uno más de los  geniales santos bebedores centroeropeos, un conocedor de las pasiones amorosas, un observador perspicaz de las nefastas consecuencias subjetivas de todos los totalitarismos, un ciudadano que sufrió en propia carne varias transformaciones institucionales  y era, a la postre, un fino teórico de la muerte voluntaria.
Seducido  por la solidez argumental de su consejero nocturno, el viejo Dacio Gil ha tratado de indagar sobre su identidad pero poco ha conseguido saber de este hombre descreído en lo accidental e instrumental pero firme, preciso y sugerente en lo sustancial y en lo profundamente humano. Ha alcanzado a escucharle  la confesión de que, andando el tiempo, llegó a convencerse que se encontraba en la metodología errada y en la escuela equivocada. Que ese descubrimiento terminó en profunda decepción  y consiguiente angustia personal.  Que en aquella época y con su decurso vital era impensable un cambio de vía intelectual y profesional sin traumas indelebles. Que se le apreció el vacío pero que jamás abjuró ni abjurará de unas  convicciones tan profundas como humanas que hoy valdrían para analizar lo que acontece en Grecia y en España. El viejo Dacio Gil ha creído entenderle  que era griego de nacimiento y universal de “morimiento”. Que se trasladó a vivir a aquella Francia en ebullición intelectual con su maleta repleta de conocimientos sobre marxismo. Que, como muchos intelectuales,  sufrió en su fuero más íntimo con el curso que fueron tomando los  acontecimientos  y el cinismo de la política práctica que no coincidía con lo que se predicaba. Reconoce que lo que él esparaba alcanzar alguna vez en beneficio de la colectividad nunca lo alcanzó plenamente. Que fue por eso por lo que decidió provocar que su vida fuese breve. Ese vacío le insufló las fuerzas para marcharse con su equipaje intelectual más preciado. Que se precipitó desde un piso 22 abrazado firmemente a sus obras, a su libros. Afirma que  el descubrimiento de la desesperanza radical le facilitó argumentos sobre la muerte voluntaria.
El viejo Dacio Gil sólo ha podido sacar a su interlocutor el nombre de pila: se llama Nicos. Y ese dato del nombre Nicos hace conjeturar al viejo Dacio Gil  que ese sabio informal de  serenidad sobrecogedora y cuyo certero caudal argumental seduce y convence fuese un brillante exponente del análisis institucional y la sociología política. Trata de convencerse de que quien le viene visitando cada noche de desvelo para hablarle de  "aparatos de interiorización de la represión", de "desinstitucionalización", de "Estado de excepción efectivo", de "la transmutación del principio de publicidad en principio del secreto", o, en definitiva, de "pilotaje a ojo de la crisis financiera" no fuese otro que  Nicos Poulantzas.