jueves, 19 de abril de 2012

LAS INSTITUCIONES EN SU MANICOMIO: MANUAL DE FORMACIÓN CONTINUA.

Iniciaba el intuitivo polemista Jean- Françoise Revel su libro El conocimiento inútil con una frase lapidaria pero certera: “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”.

Fiel a sí mismo, Revel terminaba el libro como lo que era, un visionario de la política realmente existente, reflexionando sobre la crisis que nos asola ahora en este año 2012: “Así, pues, la conversión del hombre a la acción verdadera no se ha cumplido. En el caso contrario, nuestra civilización no podrá evitar retroceder hacia fases de gestión para los cuales el conocimiento no es necesario y en las que seremos, sin duda, menos eficaces, pero tal vez más felices, si es cierto que la felicidad del hombre depende menos de lo que es que lo que se figura ser. Pero será necesario, y muy pronto, avanzar o retroceder, porque no podemos resistir mucho tiempo la tensión patógena que nos inflige nuestra cultura híbrida, en la que cada uno de nuestros estados de conciencia se divide entre lo que sabemos y, al mismo tiempo, negamos ser cierto, y en la que la humanidad está condenada, para citar a Cioran, a oscilar “entre el oportunismo y la desesperación”, y añadiría yo, entre el cinismo de corto alcance y la contrición impotente."

Analizados detenidamente los argumentos de Revel coinciden plenamente con la patética realidad hispana actual, transida de franquismo de la más pura cepa: mentiras electorales generalizadas; corrupción económica y ética; pelotas de goma contra manifestantes; tribunales convertidos en Tribunales de Orden Público con exclusivo afán recaudatorio y mofa social; cacerías reales e inventadas; planes de estabilización y pauperización; presión fiscal selectiva; venta exterior de la marca “España” por la diplomacia comercial junto a efectiva y real claudicación de España en mundos preferentes como el latinoamericano, con expropiaciones comerciales soportadas en aquellas tierras con la aquiescencia de EEUU y con el paripé de la UE; Perversión Institucional Permanente…

El viejo Dacio Gil es consumidor estructural de múltiples medicamentos, se diría que es un cacho de carne adosada a muchas cajas de medicamentos. Cada mes se acerca a una farmacia a hacerse con sus diez cajas de medicamentos, según dicen imprescindibles para mantenerse con vida. Paga lo que paga por ellas y algunas anécdotas tiene de sonados timos con alguno de los medicamentos (siempre justificados a posteriori por gazapos informáticos que no detectaban que ese específico estaba cubierto por la Seguridad Social), acepta con resignada impotencia su condición de anexo a la química. Hoy su corazón maltrecho se ha sobresaltado con el nuevo cinismo gubernamental bajo veste de copago: nueva humillación institucional. Una más de una larga cadena de indecencias institucionales institucionalizadas. Puro franquismo.

Hay que reconocer que los franceses han sabido describir como nadie las mentiras que mueven el mudo desde tiempo inmemorial y cimentan los sistemas institucionales. No en vano fueron ellos quienes construyeron, verbigracia, la gran mentira del régimen administrativo que vino a sustituir, racionalizándolo –decían-, al Régimen de Policía de los prusianos. Un teórico de la burocracia, Michel Crozier, se quedaba corto cuando anunciaba, allá por los inicios de los años 80 del siglo pasado, que no se cambiaba la sociedad por decreto (“no puede transformarse un sistema social contra sí mismo, imponiéndole un modelo más justo…Se cambia un sistema apoyándose en él, trabajando con él y no contra él.”), cuando hoy, por imperativo del lobo feroz UE todo se cambia por decreto-ley. El estado de excepción permanente, el golpe de Estado constitucional subterráneo es una constante ya en las realidades europeas del sur. Lo grande es que el influjo de la UE no ha conseguido romper las psicopatologías propias de las instituciones europeas: La locura de las reglamentaciones, la locura de las distinciones y los privilegios y la locura del incumplimiento (o, eufemísticamente, cumplimiento selectivo) generalizado del orden jurídico administrativo. Las instituciones en su manicomio.

Contaba con mucha gracia un catedrático italiano de derecho administrativo que eso de las reformas administrativas era una martingala de nunca acabar, pues junto a ministerios de la modernización o de la sociedad de la información se mantenían subsistentes organismos autónomos tan anacrónicos como, por ejemplo, el del fomento de de la cría caballar. Pero son los franceses, nostálgicos de su Grandeur, quienes mejor han descrito el menudeo administrativo, los intersticios institucionales por los que se drenan todas las energías y los presupuestos. El reciente estreno en España de la película De Nicolás a Sarkozy ilustra de manera plástica las bambalinas de la política y el descarado y descarnado pasteleo existente tras el decorado público.

El adelgazado Antonio Beteta, al parecer adelgazador también de funcionarios, debería encargar una edición barata de la obra de Alain Peyrefitte que en España se llamó El mal latino para distribuir gratuita entre todos los funcionarios. Es una especie de biblia sobre las instituciones. Peyrefitte fue, además de amigo personal del general De Gaulle, un alto funcionario de la selecta ENA, que llegó a ocupar la titularidad de prácticamente todos los ministerios posibles. Escribió, además, gran cantidad de libros, lo que llevó a que se dijera que se los escribían negros contratados. Pero en honor de Peyrefitte (o de sus amanuenses) hay que destacar que nos legó una detallada descripción de forense de las patologías de las instituciones y de sus intersticios y drenajes. Lo llamó “el mal francés” y aquí fue elevado a la categoría de “latino”. Fue un acierto la elevación pues hoy no existiría inconveniente en llamarlo “el mal europeo”. Recordaba el multiministro conservador que su amigo y mentor el general de Gaulle le decía aquello de que “el poder es la impotencia” y él se apropiaba la cita maximizándola de su cosecha con aquello de que “la más grave impotencia del poder ministerial es su impotencia en poder durar”. Y de ese libro que Beteta debería repartir entre todos los funcionarios para su formación continuada a cambio de restringir cafelitos y prensa, pueden entresacarse las siguientes perlas:

La administración se muestra inepta para tratar las urgencias.

El talento concede menos posibilidades que la pertenencia a redes clandestinas.

El Gobierno interviene para los detalles pero no domina el conjunto.

La investigación científica padece todos los defectos del Estado: vive cada vez menos para su misión y más para su personal.

El sueño tecnocrático es el de fijar el porvenir sobre un papel: esta afición por la racionalidad elimina el buen sentido. La reglamentación desemboca en un absurdo económico y social.

Los que saben no deciden, los que deciden no saben.

La jerarquía cubre con un velo protector el proceso de toma de decisión: se ignora quién decide, suponiendo que alguien decida.

Cuando la energía circula mal, se estanca: a medio camino se cristalizan los jefecillos, bastante alejados de la cumbre para no temer su vigilancia y protegidos de ella por su estatuto.

Para existir es preciso retrasar, frenar o parar por lo menos una vez de cada dos. De ese modo la ramificación jerárquica se convierte en una ramificación de prohibición.

Una máxima infalible: demasiada información conduce a la subinformación.

La administración es el sabio caos organizado.

¡Hay que contemporizar! No hay otro remedio. Entre tecnócratas y caciques, siempre existe tensión pero siempre componenda.

Electos y nombrados tienen un interés superior: el de durar. Les es necesario durar juntos.

Hay un compromiso tácito: se toleran las pequeñas hipocresías.

Principio de sustitución: Con la máxima frecuencia, el poder es ejercido por quienes no tiene que responder por ello.

El sistema burocrático es una jerarquía autoritaria de derecho, pervertida por una indisciplina de hecho.

Alfred Sauvy demostró que la estadística puede distorsionar la realidad: una mujer es infiel a su marido. Otra es infiel al suyo dos veces por semana. En promedio esas dos mujeres engañan a su esposo una vez por semana.

El ministro eficaz es aquel que abandona una parte para no perderlo todo y concentra su energía sólo sobre algunos asuntos.

La “razón de Estado” acaba por conducir a la locura de Estado.

El poder universal del ministerio de Hacienda lleva a la irresponsabilidad.

La lucha política y las contiendas electorales conducen a una guerra civil fría.

Existe una enfermedad que causa muchos estragos; esta enfermedad se llama despachomanía.

Cláusula del doble juego: el ministro para ser bien visto por sus servicios, los cubre hasta justificar sus errores. Los diputados se hacen elegir clamando contra los despachos y reelegir solicitando sus favores.

El modelo del encasillamiento administrativo se ha extendido a toda la sociedad: Las corporaciones siempre sobreviven a las revoluciones.

Para un latino todo pacto sobre expansión futura es nulo. Los círculos viciosos crean las condiciones de su propia perpetuación. Los políticos se abocarían al suicidio si pretendiesen un cambio electoral que no se desea más que en palabras.

Los franceses han mostrado la tendencia a organizarse no sólo como si nada debiera cambiar, sino para que nada cambie. Los franceses están tan apegados al statu quo como están descontentos con él. Son unos conservadores contestatarios.

El Estado oscila, demasiado débil para ser obedecido; demasiado abstracto para ser comprendido, demasiado desconfiado para atraer la confianza.

Alain Peyrefitte concluye con una arenga como la que sacude actualmente a Europa, a la Europa del sur, a los greco-latinos: ¡Que la sola imaginación del desastre nos despierte! Naomi Klein lo ha definido de otro modo analizando el empleo institucional de técnicas psiquiátricas diseñadas por la Escuela de Chicago: el auge del capitalismo del desastre


Desgraciadamente el diplomático francés decía todo esto hace 36 años (en 1976). Ha llovido mucho. Aunque, visto el ensañamiento tecnocrático (birlibirloque cleptocrático) contra los ciudadanos-medianos, tal vez sea el momento de preguntarse: ¿Quién nos ata? ¿Quiénes se están planteando vender nuestra vida, nuestra muerte y nuestra paz en cómodos plazos y copagos selectivos? Acaso, tal como en su día cantase -y animase- Pablo Guerrero, es posible que todavía tenga que arreciar más la lluvia: Que tenga que llover, tenga que llover, tenga que llover a cántaros

lunes, 16 de abril de 2012

EL CAFELITO COMO PRODUCTIVIDAD: LA VIRTUD RECOMPENSADA.

La larga convalecencia tiene disminuido al viejo Dacio Gil. Le pasa como a los malos ciclistas: hace la goma con el pelotón, pero terminará descolgándose. Así le ocurre cabalmente con sus amantes más preciadas: los libros. No les prodiga las atenciones y arrumacos que cabalmente merecen. Últimamente viene dedicando tiempo (y fuerza física para mantener en posición de lectura un libro tan grueso como el Postguerra de Tony Judt) al monumental Mendizábal. Apogeo y crisis del progresismo civil. Historia política de las cortes constituyentes de 1836-1837 (Ariel. Octubre 2011. 1164 páginas) del grande, grande Alejandro Nieto. Denso libro que viene a poner broche erudito a Los primeros pasos del Estado constitucional (Ariel. 1996) y al iconoclasta y provocador discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas del 20 de febrero de 2007 titulado Los "sucesos de Palacio” del 28 de noviembre de 1843. Es Alejandro Nieto un intelectual de pura cepa que sobresale largamente por encima de la mediocridad reinante. Pero es, sobre todas las cosas, el máximo indagador y teorizador de la Perversión Institucional Permanente.

Estando en la lectura del océano de datos de la mascarada parlamentaria hispana y de las angustias y estrecheces de la Hacienda Pública y sus empréstitos en época de Mendizábal, hubo tormenta mediática sobre los funcionarios. El adelgazado y rejuvenecido Beteta profirió un quítame allá unos cafelitos y unos periódicos. Beteta es el exponente neto del funcionariete que se ha acostumbrado al coche oficial y al boato de la politiquería y ya no puede renunciar a ellos. Decidió hacerse político y no pasar el frío que deja a los funcionarios ateridos. Se le escapase el dicterio o fuese premeditado para calmar al vulgo, escoció a las personas de buena fe que aún existen y prestan su fuerza de trabajo al interés general cada vez más claudicante. Escocería sobre todo a los más proletarizados que van al trabajo con su termo y sus sándwiches para ahorrar algún eurito para poder echar gasolina una vez al mes. Son aquellos a los que no llegaron -ni llegará nunca burbuja alguna- los beneficios de la burbuja ladrillera (aunque , con privaciones y sacrificios, puedan algunos haber llegado a tener algún pisito de alquiler).

Para enturbiar más las cosas, la prensa (el ABC, en el colmo del desconocimiento, lo titulaba "El alemán más vago") nos alarmaba con los correos electrónicos emitidos por un funcionario de la ciudad alemana de Menden a punto de ser jubilado que reconocía sin tapujos que en los últimos 14 años, desde la última reorganización de su trabajo, había estado presente “pero no había estado”, por lo que se iba más preparado a la jubilación tras embolsarse –según sus palabras- 745.000 euros de todas sus soldadas estando presente sin estar. El funcionario que haya pasado por una circunstancia similar (que no es la excepción sino la regla en muchas organizaciones públicas) habrá pensado en la razón del alegato del funcionario alemán. Los más instruidos habrán recordado el libro de Martin Walser La guerra de Fink, un caso real de la burocracia tenebrosa y sus daños colaterales: la toxicidad de las organizaciones y la hipocresía imperante sobre el mito de la sociedad organizada y racional.

Podrían escribirse miles de tratados con estas dos noticias. Entraríamos en predios pantanosos sobre el ser humano y el poder: los jefecillos, los antiguos chupatintas y sus relaciones con los políticos. El veterousufructuario de esta Tribuna Alta Preferencia no lo va a hacer de momento aunque se lo pide su cuerpo febril. Se limitará a animar a los bibliófilos a practicar el juego de la búsqueda para terminar accediendo a la página 26 (hasta la 33) del maravilloso España en Astillas (Tecnos. Madrid 1993). O, por otra vía, que indaguen en las páginas 256 a 260 del imprescindible Estudios de Derecho y Ciencia de la Administración (CEPC. Madrid 2001). Para quienes ello no sea posible o no tengan espíritu deportivo, busquen en las hemerotecas el ejemplar de EL PAIS del 26 de noviembre de 1987 ( y a los más osados recomendable es abocarles a que indaguen en los memorables artículos de Nieto sobre funcionarios en el extinto diario EL INDEPENDIENTE).

Dado que, en los tiempos que corren, no es bueno ni quitar ni poner rey, sino dejar que se imponga el orden natural de la vida, deléitense todos los demás leyendo a Alejandro Nieto en la trascripción del intemporal La virtud recompensada que a continuación se incorpora íntegro:


Yo, señores, soy un funcionario de toda la vida. Mis padres, hartos de trabajar y de pagar impuestos inútiles, se empeñaron en que me alimentara del presupuesto y no del sudor de mi frente. Así me educaron, y, por darles gusto, me aprendí, siendo mozo, doscientos o trescientos temas con los que pude agarrarme a los opulentos senos de la Administración, que todavía no he soltado ni soltaré mientras viva.

Entré ilusionado (que viene de iluso) en el servicio público, que a la sazón entendía como servicio al público, y pueden creerme que fui durante muchos años un modelo de burócrata, como lo era mi jefe, hoy difunto. Porque no es verdad, aunque el hecho se toque, que todos los funcionarios son vagos e incompetentes. Para nosotros no había limitaciones de jornada ni de calendario, ni fines de semana ni aun vacaciones: nuestro mundo era la oficina, los expedientes volaban de las manos y nos las arreglábamos como podíamos para superar las dificultades, hasta tal punto que los ciudadanos de nuestra jurisdicción no nos consideraban como enemigos.

El destino, sin embargo, castigó nuestro celo. Mi jefe, que entre otras cosas administraba una granja pública, comprobó una primavera que el ministerio se había olvidado de consignar en presupuestos una partida suficiente para la alimentación de las soberbias vacas holandesas que allí se explotaban y, para no dejarlas morir de hambre, compró forraje con una partida destinada a renovar el regadío. En mala hora lo hizo, porque fue expedientado y en un decir amén expulsado del cuerpo. Con lo cual aprendí una lección que no venía en el programa de oposiciones: no por mucho trabajar se asegura la carrera administrativa, antes al contrario, suele resultar peligroso.

Mi segundo jefe era un hombre mucho más razonable y mejor funcionario, desde luego, puesto que cumplía fielmente los reglamentos y ejecutaba con no menos puntualidad los presupuestos. Las vacas se murieron de hambre (que era una pena oírlas), pero se cumplió la ley, que es lo importante. Y como, así escarmentados y aliviados del trabajo, tiempo y locales sobraban, dejamos dormir los expedientes por los rincones y acabamos cerrando por la tarde, sin que por eso disminuyeran los sueldos, más flacos, bien es verdad, que las vacas famosas en su agonía.

Con esto llovían las quejas y lamentaciones de los ganaderos, que no fueron tan altas como para llegar a Madrid, y, sea como fuere, a Madrid ascendieron pronto a mi jefe; recibiendo así mi segunda gran lección: no por poco trabajar se desmerece en el aprecio de los superiores.

A sustituirle vino un matemático eminente, a quien quedaban muy lejos los problemas cotidianos de ganados y ganaderos; tanto, que no quiso saber nada de unos u otros. Se encerró en su despacho y en un periquete elaboró un proyecto económico de mil y pico páginas, repleto de fórmulas y gráficos, que aseguraban, sin más (al menos así lo aseguraba él), el porvenir de la agricultura de la provincia y, con un pequeño esfuerzo adicional, de toda la pobre meseta castellana y montañas limítrofes. Los ganaderos y yo nos quedamos con la boca abierta ante tal maravilla, y eso que no llegamos a entenderlo y ni siquiera a leerlo, puesto que estaba destinado a cabezas más lúcidas que las nuestras, es decir, a otros burócratas como él.

Con estas andanzas y cambios, yo me quedé sin trabajo, aunque el sueldo, por escaso que fuese, siguiera cayendo con consoladora puntualidad. En cambio, la mía decayó bastante. A media mañana llegaba a la oficina, y si no llegaba tampoco se notaba mucho mi ausencia. Pero, como mi impulso laboral seguía firme y algo se me había pegado de las matemáticas del informe, decidí montar un pequeño negocio de gestión de quinielas, contando con la ayuda de algunos compañeros y subordinados, que en algo habían de ocupar su tiempo. Y hasta el jefe, demostrando con ello una entrañable solidaridad, no desdeñaba echamos una mano ni tampoco poner la suya a la hora de repartir las ganancias. Que no eran pocas, lo confieso, pues los ganaderos que venían a vemos confiaban tanto en nosotros que nos dejaban periódicamente un piquillo, que a veces les rentaba en buenas pesetas y, en el peor de los casos, servía para acelerar el trote de sus expedientes y hasta para distraernos a la hora de las inspecciones y de las sanciones, que el rigor administrativo no es incompatible con unas gotas de humanidad.

Pero Dios no quiso que se alargaran aquellos dulces años y, por envidias y malos quereres, saltó el asunto a los periódicos, donde fuimos calumniados durante algún tiempo con la fábula de que habíamos convertido la oficina en una timba, donde se extorsionaba a los ganaderos que querían algo bueno de la Administración. Ya no me acuerdo de las extorsiones, pero sí sé de primera mano que el negocio era bueno para los cuatro funcionarios que estábamos en el asunto, y que nos ganábamos la vida muy honradamente, sin engañar a nadie y con largas horas de esfuerzo. Y la mejor prueba de ello es que ningún ganadero nos denunció, y tan contentos salían con su expediente resuelto bajo el brazo que hasta se olvidaban, de puro satisfechos, de cobrar los premios de las quinielas.

Aunque de nada nos valieron tan buenos argumentos, porque tras los periódicos vinieron los inspectores y fiscales, y con ellos los quebraderos de cabeza. Pero la justicia, como era de esperar, terminó luciendo sobre las mezquindades de los envidiosos y todos fuimos absueltos sin proceso, sin otro accidente que el de un ordenanza que pagó por todos. Y ésta fue mi tercera lección: las corrupciones funcionariales nada importan a la Administración, y si ésta, por presiones públicas, ha de intervenir, su disciplina recae en el más pequeño.

A partir de entonces las cosas empezaron a torcerse sin piedad. Cuando yo había recuperado mis ilusiones de servicio, apareció en la oficina un contratado, que ocupó la mesa de al lado y que, haciendo exactamente igual que yo durante idénticas horas, cobraba justo el doble. Y, como mi sentido de la justicia no podía soportar tamaño desafuero, decidí establecer el equilibrio a mi modo, trabajando la mitad que él, con objeto de que cada renglón escrito saliera al mismo precio. Lo que hice en mala hora, porque mi colega, que también debía tener ideas propias sobre la justicia distributiva, rebajó por su cuenta su rendimiento para equipararse al mío. Y cuando ya estábamos los dos rozando el cero, gastándonos el sueldo en periódicos y el tiempo en rellenar crucigramas y tomar café, le escalafonaron por la puerta de atrás y ascendieron a no sé donde. Moraleja: ni el sueldo se corresponde con el trabajo ni el ascenso con el rendimiento: esforzarse es un capricho gratuito.

Luego llegó la época de los funcionarios modernos -modernos de cuerpo y mente-, a quienes la rutina se hacía inaceptable. Se pasaban el día haciendo organigramas y proyectando renovaciones administrativas, sin tocar un expediente, que debía saberles a cosa vulgar. La verdad es que de ellos puedo decir muy pocas cosas, porque todos eran ascendidos como globos en tormenta, empujados por el viento de la famosa modernidad. De donde deduzco que la modernidad es muy buena, al menos para ascender, porque los ganaderos no llegaron a enterarse de en qué consistía.

Lo que sí es claro es que la inteligencia y energía de estos funcionarios de nuevo cuño no podía encerrarse en los estrechos límites de una sórdida oficina, por lo que decidieron servir al público de un modo muy particular. Tan particular y eficiente que montaron un despacho propio, en el que despachaban por la tarde lo que no habían hecho por la mañana, cobrando una pequeña cuota, que los ganaderos pagaban con mucho gusto. Demostrándose así que modernidad y desfachatez no son incompatibles y que hay muchos modos de servir al público y dejarlo contento.

Los aires de modernidad ventilaron bien nuestra oficina, que de miserable se transformó en suntuosa; ampliada fue y poblada con un personal insólito de jóvenes agresivos y señoritas elegantes. Ninguno, por supuesto, había hecho oposiciones ni tenido que demostrar nada, que son banales exigencias de una Administración obsoleta que urgía demoler. Y nada hay que decir de la eficacia, puesto que, prescindiendo de los ganaderos (de quienes nadie se preocupaba a las horas de oficina), todo salía a pedir de boca y en Madrid estaban muy contentos de nuestra gestión. Con lo cual me enriquecí con una nueva experiencia: las oposiciones son inútiles cuando luego no se va a encomendar al funcionario que haga algo que precise ciencia, capacidad y experiencia. Así las cosas, y como nunca faltan ilusos y descontentos, empezaron muchos a pensar y a decir que la situación era vergonzosa y que los pecados de la Administración eran tan graves que sólo podían remediarse desde fuera, es decir, con un cambio político, única solución que se nos ocurría.

La providencia terminó escuchando, como es notorio, nuestros suspiros, y con el cambio político llegó el cambio administrativo, que se notó de inmediato en todas las esquinas públicas. Por lo pronto, se convirtió en funcionarios a cuantos habían ingresado por amistades o Dios sabe cómo. Con ser esto mucho, no terminó aquí el proceso renovador, puesto que continuó llegando gente, tan ayunos de conocimientos como hambrientos de sueldo. Era una gloria ver llegar cada mañana a nuevos interinos, contratados, asesores, consejeros, especialistas y expertos; todos con su carné democrático en la boca y escondiendo el sueldo para que los demás no nos enteráramos. Y buenos eran (y son), porque no molestaban a nadie; para no dar preocupaciones, de puro generosos, ni exigían siquiera una mesa y se contentaban con que les pasaran el sueldo a su banco a fin de mes, mientras les llegaba la hora del escalafonamiento, que no tarda mucho en llegar, aunque sea a costa (que todo en la vida tiene un precio) de los pobres infelices que pierden su juventud entre temas y librotes, sin molestarse en estudiar el color de quienes mandan. Con lo cual pude terminar yo mi formación administrativa aprendiendo que siempre se puede ir a peor y que no hay que poner demasiadas esperanzas en las reformas de los políticos, mientras a éstos les importen aquéllas lo que a mí el cultivo de algas en la Patagonia.

Al cabo de tantos años y penalidades, como yo, aunque viejo, no soy tonto, decidí sacar provecho de mis muchas experiencias. Así que busqué en el armario la camisa política adecuada y, para mayor abrigo, empecé a escribir artículos sobre la reforma administrativa, copiando con diligencia tonterías en varios idiomas. Con lo cual obtuve en un santiamén credenciales de experto y de fidelidad política: ambas muy justas puesto que nadie me gana en la sutil operación de llenar de aire envoltorios vacíos, y en cuanto a mi fidelidad política, está fuera de duda y la he demostrado, y estoy dispuesto a demostrar cada día, sirviendo con reverencias a quien quiera colocarme y pagarme.

Con tales dotes pertrechado, mi virtud ha sido al fin recompensada, y héteme aquí dirigiendo un organismo público, del que no podrá decirse que no vale para nada, ya que me da de comer a mí y a un puñadillo de cientos de empleados. Y conste que lo hago muy bien. Mi honradez y mi eficacia se manifiestan en una exigencia puntual de horarios e incompatibilidades a todos los subordinados inferiores. Y lo que me ahorro con tan saludables medidas me lo gasto en publicidad, a meter a mis parientes y en contratar a gente de fuera, con tal que sean amigos y eficaces, lo que por la mitad de precio, pero con desgana, harían mis funcionarios. Y, sobre todo, contrato grandes proyectos de reforma de la Administración y de su modernización, que es lo que se lleva y a todos gusta. Y, aunque nunca he leído lo que me escriben, estoy seguro de que se trata de cosas estupendas, que algún día me resolverán la única cuestión que de momento me inquieta: para qué valen estos organismos públicos, de dónde sale el dinero para financiarlos y, en fin, cuánto tiempo tardarán los ciudadanos -con los propios funcionarios al frente- en cansarse de esta broma y tirarnos a todos por la ventana.

Pero, como esta posibilidad es muy remota, vivo feliz, y en los momentos de desasosiego leo los discursos políticos y compruebo que las cosas, además de ir bien, cada día van a mejor. Lo que me creo a pies juntillas y punto en boca, no sea que me confundan con esa patulea de izquierdosos y fascistas que no hacen más que quejarse y lo único que quieren es quitarme a mí el puesto, tan laboriosamente adquirido. Y termino esta larga confesión porque antes de ir a la oficina he de despachar aún varios asuntillos particulares y algunos otros públicos que voy compatibilizando para redondear honestamente el sueldo.

martes, 3 de abril de 2012

ES-TU-DIAN-TES: FISIOGNOMÍA DE LOS ROSTROS.

Ante el desplome –y las cada vez más frecuentes noticias de fraude- de la ciencia tradicional, parece lógico, o al menos razonable, replantearse los postulados básicos en los que solemos construir nuestros saberes. Hoy en día que priman la imagen, el capital erótico y el lenguaje no verbal positivo acaso habría que recuperar lo que la organización oficial llama pseudo-ciencias. Hubo un tiempo en que autores como Lavater y Lombroso gozaron de cierto predicamento social aunque luego fueron repudiados. Hoy en día con el auge desmedido de las ciencias policiales en relación con las nuevas tecnología, el análisis de las caras se está volviendo a poner de moda. Y ya se sabe: son las modas las que terminan trayendo y asentando las ciencias. Incluso Don Miguel de Unamuno llegó casi a considerar la cara un apósito de la boina, dada la condición “niveladora” de ésta. Bromas aparte, es bien cierto que hoy deberíamos detenernos más tiempo en analizar las caras. Y no porque lo diga la inteligencia emocional o porque la neociencia policial (¿polícía científica o ciencia policial?) haya encontrado un filón en la materia analizando caras con ayuda de los inter-faces.

Al viejo Dacio Gil le faltan conocimientos para entrar, aunque la recomienda vivamente, en la sabia distinción hecha por el psiquiatra social Carlos Castilla del Pino entre la cara y el rostro, primorosamente condensada en los magníficos Aflorismos. Pensamientos póstumos publicados recientemente. Como muestra valga un botón:

La cara se ve, el rostro se lee, porque el rostro es la cara en movimiento.

El rostro es la cara viva, habla, nos dice, hay que oírlo, leerlo.: en su conjunto está la clave del texto.

Hay que fijarse bien en los ojos, en la mirada. Si quieres retener lo fundamental del otro, atiende a sus ojos, fíjate en su mirada.

Habría que escribir un libro sobre las miradas, bien y sabiamente ilustrado. Sería como una enciclopedia sobre un detalle fundamental del rostro.


Viene todo ello a cuento porque alguien debería abordar un análisis minucioso de los rostros del nuevo Gobierno. Margallo, el sorprendente y sorpresivo Ministro de Exteriores muestra un rostro aturdido, desbordado. Si la descolorida izquierda tuviera la mala leche de la derechona ya habría propalado chistes diversos como en su época se lanzaron para desprestigiar a Fernando Morán. El bien vivido inspector de Hacienda,hoy jefe de los estirados diplomáticos y diplomáticas, se conforma con hablar de Gibraltar español y con nombrar a Trillo embajador para que lleve a sus niños en el coche oficial al cole y para que de vez en cuando hable de Shakespeare a los ingleses…aunque sea sólo en lo relativo al lenguaje jurídico. Las malas lenguas dicen que se trató de una tesis doctoral hecha de encargo…

Otro que muestra en su rostro el desconcierto supino es el Ministro del Agua y las Costas. Parece tratar de tapar su aturdimiento con gracietas de poca envergadura, a modo de maniobras de distracción. Pero el que verdaderamente es revelador en su rostro es el presidente Rajoy: traduce y contagia miedo. Mucho miedo. Ha encontrado su desfogue en los mítines, en los que aparece más relajado, pero el miedo que transmite el rostro y el lenguaje no verbal de Rajoy es abrumador, de manual. Sin duda es el peso de la púrpura y de las patologías organizativas connaturales al Estado… Luego está el rostro neutro de Gallardón, entrenado en mil batallas y en ORAS y ORAS de detraer dinero de los madrileños. El rostro de la ministra Báñez hay que analizarlo en comparación con sus antecesoras Vogue. Es un rostro de derecho comparado. El viejo Dacio Gil cree que la Ministra de la huelga fue elegida precisamente por su rostro de monja-alférez, alejado de los parámetros del capital erótico tan de moda. Y, en fin, el rostro de la señora Saénz de Santamaría es el prototipo de la sonécdoque visual: el todo por la parte. Sus ojos de tacones de aguja denotan una tremenda ambición no siempre buena. Es lo que tienen estas ministras semi-enanas: su frustración de no poder dar capones con la barbilla las hace insoportables y soberbias. Ya hubo un antecedente en el PSOE, la ministra Ángeles Amador. Realmente son un calco…al menos en los tacones y en la ambición desmedida y desbocada.

¿Qué decir de la cara de Rodrigo Rato? Pues que nada bueno debe haber en el subsuelo de Bankia, porque a Rato, desde que preside Bankia, se le ha puesto una permanente expresión sombría en el semblante. Su cara debería ser un termómetro inequívoco para los eventuales impositores incautos: parece sano huir de Bankia, por lo que pueda terminar aflorando.

Pero a lo que iba, que el veterousufructuario de esta Tribuna Alta Preferencia –los años no perdonan- se suele perder por veredas accidentales. La larga convalecencia obligó al viejo Gil a huir de la radio y a refugiarse en las retransmisiones deportivas que no fuesen unidimensionales con Ronaldo y ese Real Madrid emprendedor de parque temáticos por el mundo, de los Emiratos Árabes a Uruguay (como el Las Vegas de Esperanza pero a la inversa). A las 12.30 del domingo pudo volver a ver al Estudiantes del que, a mucha honra, el viejo Dacio Gil ha sido seguidor desde los tiempos de las gestas de aquellos jovenzuelos atrevidos y elegantes junto a ese pivot armario llamado Taylor frente a Aiken, Emiliano y compañía (luego vendrían Russell, Pinone, Winslow y los laureados Orenga, Herreros, Azofra, Arroyo etc). Fue abonado hasta la trashumancia a Carabanchel. Ha vibrado enormemente con las hazañas del Estudiantes, pero ver al hoy Asefa es una auténtica pena: una deslavazada banda sin orden ni concierto. Sólo el renqueante Germán Gabriel se salva de la quema. Algo muy grave debe de estar pasando en el seno del Estu cuando la situación devora a Pepu y podría lapidar también, si se terciase, al “curita” Martínez, a Carra y a cualquier entrenador de renombre o practicón.

Trifón Poch es un entrenador serio y trabajador. Un filósofo del baloncesto sin trampa ni cartón. Su mensaje corporal denota asepticismo, pero su rostro era un poema el pasado domingo. Distinto al de Margallo. Más digno que el de Rajoy (Poch no traducía miedo sino perplejo distanciamiento de cuanto percibe) pero sumamente revelador. Sobraban las arengas en los tiempos muertos ante unos americanos erráticos e incluso pendencieros sin venir a cuento. Poch no merece que la situación del Estu le devore tambiéb a él; ha arriesgado mucho prestándose a venir desde Granada. La historia gloriosa del Estudiantes también merece mucho más que una lánguida banda de conocidos (que ni siquiera parecen amiguetes). Alguien debe de hacer algo para que Estudiantes se salve. Aquellos equipos de jovencitos con desparpajo se han trocado hoy en legiones de viejas glorias con todo hecho ya. Es cierto que el Ramiro ya no provee de cantera baloncestística pero algo habría que hacer y con urgencia: Desde hoy mismo frente al Fuenlabrada que parece decidido a desaparecer por las penurias municipales…

El Ramiro de Maeztu comparte campus con el CSIC, y ya es sabida la cleptocrática ingeniería financiera desbocada aplicada en el vecino en los últimos años. Cuestiones de Agencia, se supone. Puede que ambos se hayan contaminado fatalmente.

Precisamente el pensador que da nombre al instituto bilingüe que en su día fue cantera inagotable del baloncesto español, Ramiro de Maeztu, habló de la fisionomía moral, de la raza. Era una teoría discutible, pero tal vez al Estudiantes actual le falten raza y carácter. Es una mala mixtificación de desaciertos encadenados.

Desde luego el viejo Dacio Gil no aspira ya fundar ningún Instituto de Fisonomía dentro de los del CSIC, aunque caraduras y tipos delictivos hay muchos para poder analizar en el animalario. Hoy los Institutos se crean sólo para atrapar financiación europea y colmar ambiciones personales, pero el viejo Gil gusta detenerse en el lenguaje no verbal y en el brillo y limpieza de la mirada y los rostros de sus interlocutores. Así cree profundizar en la persona, en el ser humano. La mirada de Trifón Poch era un poema el pasado domingo: límpida pero triste. Aún con todo, el viejo Dacio Gil prefiere la mirada de Séneca del entrenador cordobés que la de Margallo, Cañete, Santamaria, Gallardón. La de Rajoy ya no digamos: ¡Contagia el miedo!

¡Ánimo Trifón! Intenta transmitir a esa banda que el Estu es una rica historia de dignidad y de sana humildad, de limpieza. Y al que dude, remítele a Garibaldi…o a Gavioto.

EL ESTU NO PUEDE DEJARSE SUCUMBIR.

domingo, 1 de abril de 2012

LA FIEBRE EN LA SOCIEDAD DEL ESPECTÁCULO.

A principios de la semana pasada al viejo Dacio Gil le atrapó un “bichito” –o varios- que le ha tenido continuadamente postrado en el lecho. Y estar en el lecho acompañado de esa dama llamada fiebre es la cosa más incómoda y desagradable que existe. La calentura te priva de cualquier actividad, terminas con llagas por varias partes del cuerpo y autopercibes un cierto acre olor a pretendiente a pareja de baile de la Vieja Dama. Aunque, bien pensado, los peores males son los mentales producidas por la búsqueda, entre el aparataje electrónico, de un lenitivo para tanta postración. Dado que con fiebre no apetece leer, la escucha de la radio parecería la mejor alternativa. Craso error: ¡Todo banalidades! ¡Nada alcanza al estatuto menor de la media verdad! ¡Todo con ropajes pseudo-científicos o con pretensiones de cientificidad! Las tertulias que proliferan ya en cualquier tramo horario repiten sin cesar falsedades como si de sólida ciencia se tratase. Si uno, harto de la calentura y de la trepanación radiofónica, menea el dial está perdido: la maldición le persigue con otras falsedades de signo contrario con las mismas pretensiones de cientificidad y aura de verdad absoluta. Así a lo largo de todo el espectro del dial. Así una vez tras otra, a las 8 de la mañana y a las 12; a las 4 de la tarde y a las 10 de la noche. Y no hay tregua pues, tanto a la hora del despertar como al acostarse para intentar dormir, las tertulias, que aparentan pluralidad, pontifican con pretenciosas proclamas abstractas transidas de falsa cientificidad.

Con los primeros escalofríos y la fiebre en los 40 grados, el viejo Dacio Gil lo achacó todo a la campaña electoral permanente que vive España, en la que se ve enfrascado el inmenso PRI (o el Movimiento) con los “tercios” de derecha (el niño Arenas se ha convertido en abuelito, fiel paradigma del partido hoy de gobierno), de socialismo, pero también de derechas (con Rubalcaba, los hermanos Serrano, Pichelo, Lisavetzsky y demás corifeos “desteñidos” manteniéndose de matute en las muy diversas instituciones) y el del comunismo vergonzante, asimismo de derechas (Unido o Plural, pero siempre con los mismos nombres repartiéndose las mismas gabelas bajo soflamas en las que ni ellos mismo creen ya) tiene copado el sistema para parasitar en él y canibalizar a la amplísima franja de “consumidores-medianos”. ¡Que viene el lobo! ¡Que viene el lobo! Gritan todos los tercios de representación refiriéndose a la UE para que aceptemos sin rechistar la servidumbre voluntaria y mangoneos tan rastreros como el hurgar en las nóminas de funcionarios que no vieron un duro de la burbuja desinflada. Pero no. En el caso del veterousufructuario de esta Tribuna Alta Preferencia era el “bichito” que se había instalado en las vías respiratorias y gastrointestinales.

Cuando llegó la semana de los análisis electorales, el viejo Dacio Gil cobró conciencia del enorme daño que hacen los medios de comunicación. O mejor dicho: calibró que los medios son ya mera polea de transmisión del sistema establecido (el viejo tema de la prensa, el poder y el dinero en la sociedad del espectáculo). En los medios, todo quisque aventuraba sus valoraciones políticas como si de Giovanni Sartori se tratase. Al menos el casi nonagenario Sartori, en su último libro recopilatorio (Cómo hacer Ciencia Política), airea las vergüenzas de una disciplina de azaroso recorrido y destapa el zigzagueo humano para su establecimiento científico, mientras que los periodistas y tertulianos no hacen nada de eso: pontifican, como si fuesen sabios, en un extraño medio camino entre el entretenimiento y el engaño a los oyentes. Se han trocado en elementos esenciales del apuntalamiento del sistema. El viejo Dacio Gil se removía inquieto en el lecho, mitad por la alta fiebre mitad por la estulticia de los voceros del Monstruo Amable (Raffaele Simone). Mientras la fiebre no daba respiro alguno, sentía vergüenza de la contribución de los medios de comunicación a la infantil banalidad organizada. Nocivo efecto mariposa.

Y en esto la huelga alcanzó al viejo Gil percibiendo su inequívoco rancio olor a pretendiente de la Vieja Dama en su segunda semana de convalecencia. Una huelga premeditadamente ambigua y ambivalente con sus monjes oficiantes en el papel de santos benedictinos sin catar un gramo de alcohol de su dulce brebaje. Una huelga seguida de manifestaciones callejeras para remarcar toda la ambigüedad calculada. En el fondo, la huelga era el encuadre en el que los “sujetos institucionales visibles” reclamaban su derecho a ser reconocidos por el poder en el reparto del pastel presupuestario y organizativo. Parece la aspiración a una especie de refundación descolorida de esos “sujetos institucionales visibles” que son los sindicatos. Cabe preguntarse si tienen sentido hoy, en plena crisis económica, varios sindicatos fuertemente estructurados si ellos mismos proclaman la homogénea unidad de acción sindical. ¿No se aligerarían cuantiosamente las cargas públicas unificando sindicatos o en un sindicato Plural? ¿Es preciso recurrir a la esquizofrenia que provoca hoy en día una huelga general en beneficio exclusivo del Monstruo Amable y de quienes pretenden vivir a expensas de sus repartos? Los estultos –e interesados- análisis de la huelga y sus simultáneas manifestaciones vespertinas anejas afectaron también a la quebradiza salud del viejo Dacio Gil. Subía la fiebre. Patinaba su entendimiento.

Y cuando ya, por fin, parecía que la fiebre iba remitiendo, el cosmético y publicitario Consejo de Ministros del día de hoy vuelve a atacar el hígado del viejo Gil revolviendo sus bilis. Tras aquella fantasmal “Ley de transparencia y buen Gobierno” que no se sabe bien qué es, pero su eficacia jurídica será idéntica a aquella otra pomposa “Ley de tráfico de influencias y uso de información privilegiada” (humo jurídico sobre humo económico) ha venido el anuncio de recortes presupuestario que se quedarán en poco más que no sea detraer cantidades del sueldo de los funcionarios. Cuando se analiza el menudeo administrativo cotidiano se comprueba que este gobierno no toca nada de lo que alardea que va a tocar. Que deja subsistentes grandes vías de drenaje económico y de corrupción. Que se conforma sólo con endilgar a los funcionarios las labores que las empresas de servicios (que los cobraron a precio de oro tras licitaciones amañadas) dejaron inacabadas. Para ello violentan las RPTs vigentes, el interés general y demás principios de buen orden convivencial, dejando campar a sus anchas a las “mafias” que sangran el presupuesto violentando continuadamente la legalidad. Con Ruíz Galladón en el Ministerio covachuela, el Gobierno intenta de un plumazo aparentar que han resuelto los atascos judiciales: elevando desorbitadamente las tasas (¡que ya había establecido Zapatero para “modernizar” la Justicia!) se quitan de sopetón todas las reclamaciones y recursos. Buena defensa del estado de derecho. El sueño de la razón produce monstruos…pero no les importa. Una regularización judicial para que los vagos y maleantes togados (que los hay, como en botica) aparenten estar al día y maquillen sus estadísticas sin perder un duro en gabelas procedimentales. España es un enorme albañal judicial, económico y político.

Es España, además, un entramado institucional fallido, vacío de contenido ético. Nada se acomoda a los objetivos estatutarios previstos. Todo son desviaciones y perversos deslizamientos. Los Jueces fallan ( en el pleno sentido de la palabra fallar); los inspectores de Hacienda son espías dobles de los eufemísticamente llamados “grandes contribuyentes” a los que previenen convenientemente a tiempo de los cambios legislativos; los inspectores de trabajo están más interesados en consejerías laborales en el Caribe o en estar a bien con los “sujetos institucionales visibles”; los Abogados del Estado han entregado su trabajo al Bufete Garrigues que cobra cuantiosas sumas por dejar sus trabajos a medias…como pasa con todas las encomiendas de gestión. Y así sucesivamente. Y así exponencialmente.

Hace alrededor de año y medio (en los estertores del lamentable gobierno de Zapatero) un curtido inspector de trabajo contaba al viejo Dacio Gil las dificultades que se encontraban para poder sancionar pecuniariamente a unas empresas que se terminaban esfumando. Y aseveró algo bien juicioso: “Yo creo que ha habido una consigna de cuanto peor mejor. Se están retirando empresas y capitales. Responde a una estrategia para cobrárselo en especie a los ganadores electorales.” En aquel momento, el viejo Dacio Gil le prestó atención, se quedó con el dato y asintió sin acaloramiento. La “Regularización” fiscal presentada hoy por el tercio familiar en el Gobierno pone claramente de manifiesto que el inspector de trabajo tiene un fino olfato: El gobierno se beneficia de una sima económica al comienzo de la legislatura para poder presentar datos estadísticos favorables dentro de cuatro años. Para ello paga el peaje (la puerta giratoria de que hablase Naomi Klein) de que los empresarios se puedan acoger a una amnistía fiscal indisolublemente unida a la reforma laboral en curso.

El viejo Dacio Gil lleva muy mal estar postrado en cama por casi dos semanas. Esta dispuesto a encomendarse al pensamiento positivo para cultivar el lado bueno de la enfermedad y visualizar la sanación. Dicen que la actitud mental positiva hace milagros. El albañal patrio, las enormes duplicidades institucionales, la ineficacia estructural y el engaño permanente en la infantiloide civilización del espectáculo (Mario Vargas Llosa) no coadyuvan a que el viejo Gil pueda ser apóstol de los milagros del pensamiento positivo y de sus beneficios psicosomáticos. Aseguran los innumerables coaches personales surgidos en los últimos tiempos que pensar en positivo termina curando...

¿O serán los antibióticos…?

jueves, 22 de marzo de 2012

DE MEZQUINDADES Y FRAUDES DESTAPADOS EN LA CIENCIA.

Posiblemente desde tiempo inmemorial estemos instalados en la sociedad del fraude. Ahora se destapan con mayor alegría –y eficacia política- pero han existido siempre. Lo que pasa es que la ideología interna de las organizaciones y el lenguaje institucional los han tapado siempre. ¿A quién no le han llegado noticias de la existencia cajeros de bancos importantes que habían sustraído continuadamente y al ser descubiertos se adoptaba una solución de tapadillo para no “dañar” el buen nombre de la institución? Ruíz Mateos, López de Letona y Mario Conde no fueron los primeros, antes muchos habían metido la mano en la caja. ¿El Corte Inglés ha dado lugar alguna vez a un escándalo por las prácticas inapropiadas de algún gerente de planta? ¿La Conferencia Episcopal ha reconocido con rapidez los casos de pederastia y abusos con menores? ¿Los frecuentes escándalos sexuales y financieros en el ejército no se han intentado mantener siempre en sordina? ¿Muchos de los innumerables booms periodísticos no fueron simplemente patrañas e invenciones; y en su vertiente de comunicación científica no son sino “la voz de su amo”? ¿Las siderales deudas de los clubes de fútbol no se han terminado siempre asumiendo por los españoles con un plan de “regularización” y un quítame allá unas parcelas urbanizables y unas torres? ¿En las administraciones públicas, mucho antes de esta “crisis” arrasadora que terminará por hacer desaparecer cualquier mínimo derecho "estatutario" del funcionario de base, no se han violado de manera continuada y sistemática las relaciones de puestos de trabajo y la carrera profesional reglada sin que nadie se escandalizase? ¿El estructural fraude económico del CSIC ha recibido alguna vez algún correctivo? ¿No hubo un ministro de Sanidad, de carrera académica dudosa, que se proclamó con desparpajo epígono de Hwang Woo-suk?

La insistencia del periódico EL PAIS en ir sacando uno de los fraudes característicos del CSIC, en este caso concreto el de un veterinario contratado en la Estación Biológica de Doñana cuando ha callado cual tumba mora en el caso Fernando Belinchón, o en la sorpresiva aprobación en el último Consejo de Ministros de Zapatero, a finales de 2011, de un anticipo de Fondos FEDER al CSIC, para –según se ha dicho oficialmente, pero cabe albergar serias dudas de ingeniería financiera- la construcción de la nueva sede del Instituto de la Grasa. Para el engrasamiento del sistema financiero del CSIC, ese diario se limitó a reproducir la nota de prensa de Moncloa, y sobre el drenaje de fondos europeos a bolsillos particulares en el caso Fernando Belinchón se guardó un táctico y sepulcral silencio. Todo hace pensar que en esto de la prensa no hay puntada sin hilo, que la noticia del veterinario de Doñana se plantea como una mina antipersonas de espoleta retardada. Y el viejo Dacio Gil se malicia que va dirigida contra la Secretaria de Estado de Educación Montserrat Gomendio Kindelán que acampó durante una época en el Museo de Ciencias y algo tendrá de lo que avergonzarse. Habrá que esperar qué más interesa destapar en este asunto menor dentro del esperpéntico CSIC en el que todo cabe y nadie nunca es responsable de nada.

El viejo Dacio Gil viene recopilando y clasificando desde hace bastantes años, con paciencia de entomólogo, datos sobre el fraude en la ciencia que es mucho más que el fraude científico. Ya dispone de datos para abordar una especie de Tratado de la Infamia Científica en todas sus vertientes. Quienes no la conocen de cerca tienen una idea venerable de la ciencia cuando la realidad es bien distinta: es un endiablado foco de poder, de fraudes, de insidias y miserias humanas. La ciencia, qué sea la Ciencia, la construyen los hombres. Como organización tiene los mismos males endémicos que la Universidad, y puede decirse que va un paso por detrás: reductos medievales fortalecidos por la adaptación del modelo burocrático francés. Ignacio Sotelo ya lo advirtió en 1993 en una conferencia en Granada (y fue demoledor más tarde en una serie de artículos en EL PAIS): “ La Universidad burocrática española (y el CSIC que le sigue sin alcanzarla, sostiene Gil), herméticamente cerrada en sí misma, en la que sin salir del mismo edificio, se puede recorrer todo el escalafón, de estudiante a rector, es capaz de aumentar su presupuestos sin que haya motivado lo más mínimo a profesores y alumnos”. No es casualidad que el gran Alejandro Nieto concibiese dos de sus obras cimeras (La organización del desgobierno y la tribu universitaria) tras su paso por la presidencia del CSIC. Desgraciadamente, visto lo visto, del CSIC son hoy predicables aquellos endémicos males que detectase el joven Nieto en la burocracia española del franquismo: Parasitismo, prebendalismo y esclerosis.

Pero ya se detendrá el usufructuario terapéutico de esta Tribuna Alta Preferencia sobre el fraude y la manipulación en y por la ciencia. Es de esperar que la salud quebradiza del viejo Dacio Gil otorgue tiempo para ello. Hoy quiere mostrar un exponente de la miseria del ser humano también en el campo científico, como prueba de que no es oro todo lo que reluce. Y que no es oro lo demuestra el que en Mexico hubo una tiranía ilustrada en tiempos del dictador Porfirio Díaz que se hizo llamar Los Científicos...Más o menos como los tecnócratas de este siglo XXI intentando posicionarse privilegiadamente en el nuevo modelo económico y productivo.

Hoy quiere traer a esta Tribuna Alta Preferencia, para destacar la distancia sideral que separa la ciencia oficial organizada de la auténtica ciencia, a Nikola Tesla, un auténtico científico teórico y además aplicado que no ocupa lugar destacado en el oficial Olimpo científico, precisamente por la ineptitud, envidia, estrechez, codicia, mezquindad y maldad humanas.

Vaya por delante que Tesla descubrió el movimiento de la corriente alterna (AC frente a DC) a partir de una bobina de alta frecuencia y su prodigiosa mente concibió y sentó las bases científicas de muchos inventos en el campo de la electricidad: rayos X, iluminación sin cables, tubo catódico, los tubos fluorescentes de alto rendimiento, invención de la radio que luego le vampirizó Marconi, el barco a mando a distancia, fuentes eléctricamente secuenciadas, el avión de despegue vertical y otros muchos inventos, producto de una mente extraordinariamente privilegiada. Hasta sus estudios de la transmisión de la energía por la piel dieron lugar a la silla eléctrica.

Nikola Tesla es un claro exponente de las corruptelas del sistema oficial de ciencia en sus aspectos políticos, militares y, sobre todo comerciales. Tesla fue encarnizadamente perseguido por Thomas Alva Edison (un inventor que odiaba a los científicos teóricos) en su intento comercial de desprestigiarlo. Edison, un hombre sin escrúpulos y ávido de financiación pública y réditos comerciales y políticos no dudó en engañar a Tesla como hacen los vulgares subdirectores en las administraciones con sus subordinados de buena fe: prometiendo, sin mediar acuerdo por escrito, una recompensa que nunca se cumple. Edison propuso 50.000 dólares de la época a Tesla si éste conseguía sincronizar el sistema de electrificación de sus oficinas. En poco tiempo Tesla lo tuvo no sólo sincronizado sino que produjo alrededor de 30 patentes que Edison se apropió. Cuando Tesla cumplió con creces el trato y reclamó su parte, Edison le espetó “Tesla, usted no comprende el sentido del humor de los norteamericanos”. Edison, muy protegido por políticos y financieros, y extremadamente celoso de la valía de Tesla siempre trató de desprestigiarlo. Está todo documentado en lo que se conoce como “la batalla de las corrientes”

Incluso su valedor financiero George Westinghouse también se aprovechó –aunque no le maltrató en su reputación científica- de las patentes y royalties de Tesla, además de perjudicarle en cada fusión empresarial (no se olvide el pujante negocio de la electricidad y el papel de las grandes empresas eléctricas, como la General Electric Company). Tesla murio sólo y arruinado en el hotel New Yorker, donde vivía merced a la amistad con su propietario (que se resarcía con el rendimientos de alguna de sus patentes). Murió despreciado por unos envidiosos enemigos que se habían hecho ricos y famosos, en muchos casos a su costa, y que lo llamaban el loco Tesla. Para mayor espacio a la sospecha y a las dudas, Tesla apareció muerto tres días después de haber contactado con las autoridades militares norteamericanas para mostrarles su invento del “rayo de la muerte”. El FBI incautó inmediatamente a su muerte sus últimos trabajos, entre ellos “el rayo de la muerte” así como otros más y mandó poner bajo custodia, se supone que para proteger el interés general (?), todas sus patentes. Una parte de los documentos desaparecidos se ha revelado hace poco gracias a la Freedom of Information Act, que permite desclasificar documentos secretos con el paso del tiempo. Otros muchos han desparecido sospechosamente .

Nikola Tesla fue un niño extraordinariamente reservado y estudioso, además de muy culto. Se dice que llegó a dominar 20 lenguas y que podía recitar libros enteros de memoria. Entre ellos el Fausto de Goethe. No fue un hombre avispado en las finanzas ni en las intrigas para obtener fondos, por eso refulge con luz propia su frase lapidaria “los últimos 29 días del mes son los más duros”. El viejo Dacio Gil tiene a Nikola Tesla como el producto de lo que es la ciencia oficial organizada, fuertemente penetrada de insidias y miserias de todo orden. Una mente cultivada teóricamente y con una gran capacidad de visualización se ha visto eclipsada en la historia por personajes ávidos de glorias políticas y Eldorados múltiples. Salvando las distancias, Teslas hay y habrá en todas las épocas.

El viejo Dacio Gil podría extenderse en detalles sobre este científico singular, pero para quienes puedan encontrarse interesados en la vida y milagros del genio Nikola Tesla acaso sea mejor recomendar que acudan a la exposición que lleva su nombre. Aún dispondrán de una semana para acudir a la exposición que en su honor se ofrece en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físiscas y Naturales y en la que encontrarán múltiples datos de la vida e inventos de este hombre, además de poder accionar a discreción su “huevo de Colón” y la ruidosa iluminación sin cables. De seguro profundizarán luego en una vida sumamente interesante y esclarecedora del contexto social en el que se inscribió este prolífico inventor y negado financiero.

De mezquindades, envidias y luchas de poder está sembrado el campo de la Ciencia. Y el periodismo científico no se encuentra muy ajeno a todas estas miserias humanas.

martes, 13 de marzo de 2012

ORGANIZADORES A LA VIOLETA.

El viejo Dacio Gil arde en deseos de cumplir su anunciada promesa y contar todo lo acontecido en el seminario recientemente organizado por la Troba de Prejubilados Truncos del banco y cuyo lema ha sido “Capital erótico y déficit sexual masculino”. Pero el último post de recuerdo a Quique Camoiras y la labor de preparación personal de los temas del seminario han hecho que se le produzca al veterousufructuario de esta Tribuna Alta Preferencia un cruce de asociaciones que es necesario aventar para que no reconcoman más el ánimo del achacoso Dacio Gil.


En el mundo en que vivimos, las grades decepciones -cada vez son más enjundiosas y continuadas- siempre se terminan achacando a problemas de organización. Se contemple el ámbito que se contemple, cuando la decepción ya ha sido aprendida por la mayoría, se endosan la totalidad de los males a la organización. Y de inmediato se empiezan a poner las bases para armar una nueva organización. Los viejos como Dacio Gil tienen suficientes datos –y vida transcurrida- para corroborar esta inexorable ley del péndulo: el eterno retorno de las organizaciones. Retornan con la cara lavada y algún nuevo aditamento ornamental, pero vienen a ser las mismas. Eso pasa tanto en la organización de la educación de los jóvenes como en el funcionamiento de los órdenes territoriales. Pasa con los hospitales y pasa con los juzgados. Y lo mismo puede decirse de las instituciones financieras ya sean cajetines, cajitas o cajones desastre. ¿Alguien recuerda hoy que hubo un tiempo en que los bancos se identificaban con todos sus nombres y apellidos en vez de los largos acrónimos actuales? Cambios que han sido consecuencia y reflejo de su sistema de organización. Pasa lo mismo con la política ya que quienes aspiran a llegar a detentar el poder mediante “elecciones razonablemente limpias” (Adam Przeworski) dicen rebelarse contra el sistema institucional existente y emiten múltiples promesas organizativas que luego quedan reducidas a meras adaptaciones lingüísticas y/o levísimos revoques de fachada. Y no digamos lo que ocurre en la actual crisis de la organización familiar que todo se achaca a una deficiente conciliación de la vida familiar y la (sumidero) laboral. El papel de los abuelos y los tíos respecto a los hijos hace que se esté volviendo, sin nombrarla, a la denostada familia tribal que subvenía todas las necesidades y carencias.


El viejo Dacio Gil vivió este primer aprendizaje de la decepción siendo muy joven, cuando hacía el servicio militar. Un servicio militar que, por aquel entonces, comenzaba a renovarse admitiendo las barbas entre la tropa. Es recuerdo indeleble cómo en la formación de revista para la obtención del pase de fin de semana el oficial de día, si necesitaba retener a un determinado número de soldados para la actividades de sábado y domingo (en un cuartel en el que nominalmente figuraban -siempre escaqueados ya que jamás pisaron aquellas dependencias cuarteleras- gran número de toreros, dado que el coronel era presidente de una institución taurina de renombre), miraba fijamente la barba del joven Dacio Gil y señalando marcialmente con el dedo índice de la mano derecha las relucientes botas del soldado Gil le espetaba de seguido mirándole fijamente a los ojos: "arrestado de fin de semana; esas botas no están suficientemente limpias". Esa circunstancia se repitió al menos tres veces y eso que el arrestado de fin de semana había encargado a su santa madre que le comprase el betún que sacase más lustre del mercado y se aplicaba con espíritu deportivo al embetunado. La organización militar decía admitir en su seno la barba, pero sus integrantes parece que no la toleraban. Pero la gran decepción con la organización militar se le produjo al entonces joven Gil cuando apenas le restaban tres meses para licenciarse, al acercársele circunspecto y confidencial el veterano que-él sí- se licenciaba en esos días para ponerle al corriente del largo y continuado desfalco habido en aquellas dependencias (en rigor, una cadena sin fin) y la inexcusable necesidad de mantenerlo oculto por el bien de todos, incluida la organización, inflando exponencialmente los arqueos y los inventarios. El joven Gil esa noche no durmió del susto, pero en los tres meses que le restaban de soldado actuó como un veterano más y, a su vez, unos días antes de licenciarse puso en antecedentes a su sucesor para que siguiese la rueda. Nunca pasó nada. Los mandos fueron ascendidos, los soldados, entre ellos Dacio Gil, pudieron seguir licenciándose y celebrarlo en Segovia, siendo de suponer que el desfalco continuado se cuadraría maquillado en instancias superiores o se perdería entre las cuentas de Gran Capitán (nunca mejor dicho) ante la falta de perspicacia de la intervención oficial. Andando el tiempo el ejército se modernizó, se suprimieron las levas y se profesionalizaron todas las estructuras existentes. Nunca hemos sabido si continuaron desviaciones organizativas de similar calibre. Podemos suponerlo, visto lo que ocurre en todas las organizaciones sin excepción.


Volviendo a la actualidad, ninguno de los eventuales seguidores de este blog -si es que los hubiere- parece haber reparado en que el funcionario Briones, al que se aludía en el anterior post, era un funcionario, sí, pero un funcionario de la AISS que se había integrado en el sistema de “mérito y capacidad” constitucional por el método de los multitudinarios bautizos de arrianos tan al uso en toda época. El proceso es universal. Ejemplos parecidos se han producido, sin ir más lejos, en la Alemania reunificada con los funcionarios de la STASI: quienes vigilaban la vida de “los otros” se integraron sin distorsiones excesivas en las estructuras federales. Lo mismo aconteció en la URSS como denota la figura paradigmática del presidente Vladimir de Putin.


Soñamos con una sociedad organizada pero nunca alcanzamos el ideal, la prosa puede siempre con el verso. El actor Carmelo Gómez puede servir de ejemplo plástico. Veamos el porqué.


Carmelo Gómez es coprotagonista junto a Juan Diego Botto en la película de Gerardo Herrero Silencio en la nieve, basada en la magnífica novela de Ignacio del Valle El tiempo de los emperadores extraños sobre la División Azul del en otros tiempos aclamado y admirado general Agustín Muñoz Grandes y sus voluntarios. El tema de la División Azul resulta paradigmático pues era una organización iceberg que transitaba sin rumbo ni objetivos concretos por un conflicto bélico que a los españoles no debía afectar en aras a la neutralidad proclamada oficialmente. Tanto la organización como sus integrantes eran presentados por la propaganda oficial como auténticos mitos valerosos. La novela de Del Valle y las imágenes de Herrero muestran perfectamente cómo la organización ni mucho menos era como la pintaba los voceros del régimen sino que reflejaba todas y cada una de las miserias humanas tanto individuales como colectivas. Miserias como la Violeta, un juego de consecuencias vitales en el que todos participaban, incluidos los mandos superiores que tenían terminantemente prohibido el juego de la ruleta rusa. Carmelo Gómez, rezumando sabiduría popular en el papel del sargento Estrada, asume –mientras ayuda a desentrañar la madeja del “mira, mira que te mira Dios”- que la vida y las organizaciones son así: que nada se asemeja a su estatuto de creación, que la individualidad debe quedar disuelta en la organización para no destacar en demasía aplicándose al estricto ver, oír y callar. Tanto la novela de Ignacio del Valle como la película de Gerardo Herrero, deberían estudiarse en las Escuelas de negocios y en los departamentos de Ciencia de la Administración de las universidades pues muestran las entrañas de una organización sui generis que se mueve a la deriva pero en la que se aprecian los atributos reales y míticos de cualquier pretensión organizatoria institucional.


De nuevo con Carmelo Gómez como hilo conductor se tienen elementos para analizar las perversiones de las organizaciones. Gómez interpreta magistralmente a Elling en la adaptación teatral de la novela Hermanos de sangre del autor noruego Ingvar Ambjornsen. La obra muestra el fracaso –o, por mejor decir, el radical desenfoque- de las políticas sociales en el llamado Estado de Bienestar. En un contexto agridulce –cuando no sinceramente triste, aunque de gran ternura- Elling muestra la base esquizofrénica de la sociedad y sus organizaciones vicarias mostrando el núcleo duro de las imperceptibles fronteras entre normales y “anormales”: sólo un papel y un informe oficial los diferencia. También Elling debería ser material didáctico en escuelas de negocio y universidades en todos los ámbitos de organización social.


Con pequeños retoques cosméticos, creamos "nuevas" organizaciones sobre las precedentes, que a su vez servirán como armazón a las subsecuentes. Así nos vamos engañando con mitos como eficacia, eficiencia, productividad o conciliación. La Unión Europea es un claro ejemplo aunque nos pese reconocerlo.


Todo lo achacamos y lo esperamos de la organización salvífica. Y así nos luce el pelo.


El usufructuario terapéutico de esta Tribuna Alta Preferencia –que no se ha caracterizado nunca por ser un hontanar de humoradas-no puede por menos que recordar aquella anécdota (¿o será un chiste?) que se contaba de un club de "relaciones liberales" para la intrépida élite selecta procedente de las muy reputadas Escuelas de Negocios en el que un día se fue la luz por un espacio prolongado de tiempo y entre un mar de jadeos y gemidos se oía tronar ¡Organización! ¡Organización! Al poco rato otra vez: ¡Organización! ¡Organización! Así unas cuantas veces más. En ese torbellino de gemidos y jadeos al fin se hizo la luz. En ese momento, un maqueado bróker se elevó sobre los demás y dijo: Organización, coño, organización. Que aquí somos 20 tías y 5 tíos y en lo que va de apagón es la tercera vez que me dan por culo…

martes, 6 de marzo de 2012

TU NO ESTÁS LOCO, CAMOIRAS.

Mala época es esta para los funcionarios. Y peor que se avecina con la necesidad imperiosa que tienen los detentadores de las instituciones públicas de allegar como sea fondos para justificar la financiación estatal (y la suya) y difuminar los alegres dispendios de los que vienen estos lodos. En la actualidad el recurso más fácil para sus objetivos es detraerlo de las nóminas de los funcionarios y a ello se aplicarán con denuedo en los próximos años al modo que dejó marcado la señora exministra Vogue Elena Salgado, cuyo odio a los funcionarios databa de su paso por la Dirección General de Clases Pasivas, en la que tienen entrada todos los datos de los activos pensioniles de los funcionarios jubilados. Ahora la señora Salgado ha elegido Endesa y Chile para no tener que recurrir, precisamente, a la Dirección General de Clases Pasivas cuando llegue el momento de solicitar su pensión si es que ha sido alguna vez funcionaria. Llegado el caso lo hará, pues esta gente no perdona un duro… ¡Menudo morro tienen estas aristócratas de género dentro del PSOE! Después de que la remasterizada señora De la Vega se beneficie del dorado dolce far niente en un nuevo "cuarto turno" en organismo fallido, anacrónico y hoy absolutamente fantasmal como el Consejo de Estado, cementerio de elefantes y elefantas que no hacen absolutamente nada.La élite de la Nada. Órgano consultor del prodigo Estado en bancarrota cuando España es ante todo un enorme engendro polisinodial: Consejos, Agencias y entidades para todo, incluso para lo más escatológico. Con razón el sustituto de la exministra “chilena”, el señor Montoro, ha hablado con una solidez impropia de un político: la institucionalidad pública como huída del derecho. Veremos si se atreve a recortar o sólo es pura cosmética.

A lo que vamos, que el viejo Dacio Gil se pierde en lo que tiene apariencia de accesorio. Dentro de la categoría “funcionario” hay de todo, como en botica: hay funcionarios ejemplares, hay empleados públicos corruptos, y los hay también sumamente corruptos. Hoy en día se tiende (interesadamente, como aquel inspector fiscal al que aludía Vladimir Maiakovski) a demonizar a los funcionarios para emplearlos de “chivo expiatorio” de unos desfalcos institucionales que tendemos a ver hoy en día como completamente naturales. Y tampoco puede negarse su existencia porque ruidosos desfalcos han llevado a cabo funcionarios de abrigos de pelo de camello, rectos de Max Mara, de paño de Zara, de las filiales del Cortefiel de Gürtel y hasta sin abrigo, como el de Nikolai Gogol. En la España del pelotazo el que no ha desfalcado es porque no ha podido. Muchos funcionarios ni lo han intentado porque no estaba a su alcance. Y muchos de los que los han perpetrado, auspiciado o consentido han encontrado luego cobijo en los nichos ad hoc previstos en la legislación vigente para esos casos. Enfangados en la mísera miseria se viene acudiendo a los sueldos de los funcionarios rasos para que financien las alegrías y la cleptomanía de los ahora en dorado buen recaudo. La virtud recompensada a la que aludía Alejandro Nieto en su memorable artículo sobre aquel funcionario de toda la vida.

Porque -con ciertos matices- siempre hubo épocas, casi siempre las más duras, en la que por lo general ser funcionario era sinónimo de “pobre pero honrado”. A eso se le llamaba probidad funcionarial, que era un timbre de honor para quien se predicaba tal nota. Eran tiempos de escaseces materiales pero de sana prodigalidad ética y moral. Tiempos de pluriempleo, familias numerosas y ropa y libros escolares heredados del primogénito hasta el menor de los hermanos. Del pisito en vez del adosado. Entre los funcionarios había boxeadores; vendedores de monedas, sellos y boletos de lotería (no premiados) domingueros en la Plaza Mayor; alpinistas; peluqueros a domicilio; chicas de alterne en Chicote; seminaristas; escritores; directoras de teatro; administradores de fincas; contables; el “bedel de los pájaros”; tarotistas; locutores nocturnos de radio y cientos y cientos de pluriempleos insospechados cuya cotización a la seguridad social en muchos casos quedaba en el aire. Compaginaban empleos para sobrevivir, sin desdoro de la función pública y atendiendo siempre el interés general. También estaba, por supuesto, quien apresuradamente al terminar la jornada se dirigía al teatro para representar su papel. Eso en el caso de actuar en la capital, que cuando era en las fatigosas giras por todo tipo de localidades hispanas con teatrito era precisa la baja por enfermedad y la benovolente colaboración de los compañeros en la atención de la ventanilla o la emisión de las minutas mientras duraba la ausencia.

El viejo Dacio Gil cuando era joven husmeaba y archivaba todo lo que se refiriera a la burocracia: desde Max Weber a Kuron y Modzelewski, pasando por Víctor Pérez-Díaz. De aquella época data su devoción por Alejandro Nieto que había sabido plasmar en un enorme libro y en innumerables conferencias y trabajos su erudita inmersión en los fondos del océano burocrático más allá del plúmbeo Derecho Administrativo. El por aquel entonces joven Dacio Gil recopilaba cualquier material que intuyese que aludía a la burocracia: libros, artículos, cancioneros, películas… Diríase que ejercía de burocratólogo en ciernes y acaso esa haya sido su auténtica frustración (su déficit sexual masculino, en palabras más modernas de Catherine Hakim). En los años del declive de la UCD y del fiasco del mundial de fútbol y Naranjito tuvo noticia el usufructuario terapéutico de esta Tribuna Alta Preferencia de una película sobre un funcionario que es ingresado en un manicomio por un quítame allá unas pintadas, y termina constatando en propia carne que los manicomios no eran tan dispares a las burocracias y a la vida misma. Llegando el protagonista a incurrir en una de las desviaciones sexuales tan comunes hoy: enamorarse de una monja (¡y que monja!: la escultural Esperanza Roy). El viejo Dacio Gil recuerda perfectamente que se fue al cine Urquijo (hoy cerrado como otros tantos más) a ver Tu estás loco, Briones, una obra de Fermín Cabal para el teatro que el director Javier Maqua había llevado al cine confiando su protagonismo a Quique Camoiras, que conocía el mundo de la burocracia por su condición de funcionario del INP. La película no recibió críticas favorables pues en 1980 España se encontraba en pleno fulgor del destape y la transición política, ergo cientificismo pseudomarxista , pero el ahora viejo Dacio Gil recuerda que quedó impresionado con el actor Enrique Pérez Camoiras en el papel del funcionario Briones. Fue la única película que Quique Camoiras protagonizó como cabeza indiscutible de cartel aunque fue un excelente actor de reparto en tantas otras, como aquella Cristobal Colón, de oficio descubridor rodada en Almería y en la que participaron como figurantes jóvenes que hoy son ilustres profesores. El joven Gil incorporó a Quique Camoiras a la nómina de sus actores de culto a pesar de la envidia de su pasado entre mujeres esculturales en la revista (sana envidia que invadía a los oscuros funcionarios ansiosos de carne contorneada, excepto a los de la censura que se habían hinchado a contemplarla libidinosamente en sus también oscuros gabinetes) y como empresario teatral de comedias de enredo. Eran tiempos en los que, sobre todas las cosas, se aspiraba a que el verbo se hiciera carne: a que se impusiese la racionalidad democrática en todo.

Camoiras no estaba loco. Simplemente optó acertadamente en su encrucijada vital por terminar dedicándose a hacer reír a sus semejantes (funcionarios o no; administrados o no) con las comedias en vez de dejarse la vida en las diarias solemnidades burocráticas rayanas en la banal comicidad. A buen seguro San Pedro o su cancerbero suplente se lo habrá recordado el pasado jueves al pedirle las credenciales y darle la bienvenida en el mundo de la gente presuntamente buena donde es dable pensar que escasearán los cómicos (y no digamos las vedettes) y esté repleto de sólidos burócratas de impoluta trayectoria beata como don Laureano, el padre Albareda y tantos otros. Quienes con el tiempo terminamos decepcionándonos con la racionalidad burocrática (y ahora desgraciadamente casi también con la democrática), nos desencantamos de los encantos de la legitimidad legal-racional y sufrimos las perversiones de la desnuda (otro desnudo más prosaico) razón instrumental quedamos huérfanos en este seco invierno. Huérfanos del saber hacer teatral del funcionario-actor-empresario teatral Enrique Pérez Camoiras, Quique Camoiras, que hizo una polifacética labor teatral acorde con los tiempos que corrían. Como pasa siempre en esta España, ha sido a la hora de los obituarios cuando la crítica y el público han sido más sinceros y unánimes cantando las virtudes y alabanzas de un pequeño pero monumental teatrista avant la lettre que desde bien niño había marcado sus vocaciones profesionales (no, no era funcionario interino ni de carrera a los 6 años; en esa época no se explotaba a las criaturas…pero casi).

En televisión, Camoiras tuvo un papel secundario en la serie Los ladrones van a la oficina. Ahora que los ladrones no tienen necesidad de ir a la oficina para robar, sino que quitan y quitan derechos adquiridos económicos a los funcionarios desde los grandes centros de datos informáticos de El Escorial (policía), León (tráfico) o vaya usted a saber qué localidad para las demás detracciones en serie, de seres humanos agradecidos es recordar a un hombre que, entre otras muchas cosas, hizo lo que le gustaba: hacer reír.

No. Camoiras no estaba loco. Conocía la burocracia funcionarial pero le atrajo más la revista de piernas largas y alto capital erótico. Optó por la comedia que ayuda a la gente a evadirse de los problemas. Pero como actor teatral no le arredraba nada y podía con todo.

El viejo Dacio Gil, burocratólogo frustrado, siempre le recordará en el papel del funcionario Briones: dando una lección hilarante de cómo cualquier sociedad presuntamente organizada difiere poco de un manicomio. El Panóptico del que nos hablara Bentham, desarrollase Foucault y nos recuerda de vez en vez Zygmunt Bauman.